martes, 17 de julio de 2012

SOBRE DECENCIA, DESIGUALDADES Y CONSENSO SOCIAL DEMÓCRATA


RODOLFO VÁZQUEZ

Hace 15 años, Avishai Margalit publicó un libro inspirador cuyo título invitaba a una lectura inmediata: La sociedad decente. Desde la introducción atrapaba al lector con una definición y una distinción que servirían de leitmotiv para todo el libro y que conservan la frescura de las intuiciones lapidarias:

¿Qué es una sociedad decente? La respuesta que propongo es, a grandes rasgos, la siguiente: una sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas. Y distingo entre una sociedad decente y una civilizada. Una sociedad civilizada es aquella cuyos miembros no se humillan unos a otros, mientras que una sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas.1

Las instituciones y las autoridades públicas “no humillan” cuando satisfacen las expectativas ciudadanas; cuando no ignoran, abusan de o excluyen a los individuos que forman parte —por origen, elección o necesidad— del colectivo social; cuando abren los canales de participación plural para hacer exigibles, sin violencias, las innumerables demandas de bienestar y seguridad; cuando, en definitiva, contribuyen a la autoestima de la persona mediante el reconocimiento y promoción de su autonomía, dignidad e igualdad. La humillación, continúa Margalit,

[…] implica una amenaza existencial y se basa en el hecho de que quien la perpetra —especialmente la institución que humilla— tiene poder sobre la víctima asaltada. Conlleva también, especialmente, la sensación de desamparo total que el matón provoca en la víctima. Este sentimiento de indefensión se manifiesta en la temerosa impotencia de la víctima de proteger sus propios intereses. […] El concepto de humillación como pérdida de control es el concepto operativo de degradación entendido como la destrucción de la autonomía humana.2

Lamentablemente, abundan los ejemplos en los que se hace manifiesta esa perseverante degradación de la condición humana —a la que se refiere Margalit— en aquellos Estados cuyas instituciones y funcionarios públicos viven al amparo de la corrupción, el servilismo, la violencia, la complicidad y la más absoluta impunidad. Y si bien la degradación moral y política no es atribuible en exclusiva a las autoridades, y es legítimo que se piense en alguna participación de la ciudadanía en general, toca a aquélla cargar con la responsabilidad que supone detentar el poder público: tener en sus manos la posibilidad de construir y aplicar leyes, administrar los recursos del Estado y asegurar el orden social sancionando los actos de ilegalidad y domesticando cualquier manifestación de violencia, incluidos aquellos de los que pueden hacer uso los llamados poderes fácticos o “salvajes”, para usar la expresión de Luigi Ferrajoli.

Sociedades moderadas, decentes y justas

Una sociedad decente, una sociedad cuyas instituciones no humillan, se encuentra en un escalón superior al de las sociedades que Margalit califica de “moderadas” y, al mismo tiempo, en un escalón inferior al de las sociedades “justas”. En las moderadas se busca erradicar la crueldad física, el castigo físico; en las justas se pretende hacer valer el principio de justicia distributiva. Existe entre las tres una suerte de orden lexicográfico, acumulativo: “La sociedad decente también tiene que ser moderada y la sociedad justa también tiene que ser decente”.3

En 1990, Judith Shklar publicaba un libro en el que se daba a la tarea, entre otras cosas, de mostrar el lado humano del pensamiento liberal poniendo el acento no en una teoría de la justicia sino en Los rostros de la injusticia.4 El peor de los males es la crueldad y entendía por ésta, en uno de sus ensayos más citados, “la deliberada imposición de daños físicos —y, secundariamente, emocionales— a una persona o a un grupo más débil por parte del más fuerte con el objetivo de alcanzar algún fin, tangible o intangible, de éste último”.5 Es tarea de una sociedad liberal, pensaba Shklar, evitar el sufrimiento y construir una sociedad libre a partir de la ausencia de temores y de la eliminación, con todos los instrumentos legales y políticos a la mano, del “miedo al miedo”: “La cosa de que tengo más miedo es el miedo —decía Montaigne—, más importuno e insoportable que la muerte”.6 Una sociedad moderada se compromete con la erradicación de todo trato cruel, inhumano y degradante —tortura y vejaciones físicas— y, de esta manera, de cualquier forma de fundamentalismo violento y de terrorismo de Estado, cuya finalidad es la creación de un temor generalizado en la sociedad. Entiendo por terrorismo de Estado, en los términos de Ernesto Garzón Valdés,

[...] una forma de ejercicio del poder estatal cuya regla de reconocimiento permite y/o impone, con miras a crear el temor generalizado, la aplicación clandestina, impredecible y difusa, también a personas manifiestamente inocentes, de medidas coactivas prohibidas por el ordenamiento jurídico proclamado, obstaculizando o anulando la actividad judicial y convirtiendo al gobierno en agente activo de la lucha por el poder.7

Por su parte, una sociedad decente, en los términos de Margalit/Shklar, pone el acento en la crueldad psicológica o mental, en la degradación de la autoestima, en la humillación a través de acciones u omisiones realizadas por seres humanos. El desempleo, la miseria y la pobreza, las enfermedades que pueden ser atendidas y curadas a tiempo, el analfabetismo, la imposibilidad de acceder a espacios públicos de recreación y cultura, la privación de futuro para los jóvenes, el trato al prójimo como un ser no humano, inexistente o invisible, son situaciones humillantes. No se trata de “desgracias” o de acciones naturales incontrolables por el hombre, sino de acciones u omisiones deliberadas o susceptibles de ser orientadas o reorientadas por la acción humana. Por ello se entiende que una de las formas más grotescas de humillación es pensar que todos esos males son producto de fuerzas o leyes naturales contra las que sólo cabe esperar una actitud de resignación. Los apóstoles del mercado a ultranza, por ejemplo, terminan borrando “los rostros de la injusticia”.

Una sociedad decente debe ser el preámbulo para una sociedad justa. En ésta no sólo se han eliminado la crueldad física y la humillación, sino que se ejercen acciones que permiten una adecuada distribución de bienes, recursos y derechos que exigen del Estado acciones de bienestar decididamente positivas. Es cierto, como sostiene Shklar, que a fuerza de insistir en los criterios de distribución se han descuidado en los países desarrollados las condiciones que hacen posible la moderación y la decencia entre los miembros de la sociedad. Podría darse el caso de que los individuos pertenecientes a una sociedad liberal y democrática se sientan comprometidos con la justicia de sus propios ciudadanos y, al mismo tiempo, no se sientan responsables de la humillación hacia personas que no cumplen con los criterios de pertenencia a dicha sociedad pero que, por muy diversas razones legítimas, viven en ella. Tal es el caso paradigmático de los inmigrantes o de los trabajadores extranjeros que se ven en la necesidad de realizar el trabajo “sucio” que no realizan los miembros de la sociedad y a los que no se considera ciudadanos. No se trata sólo de un problema de justicia distributiva o de eficiencia, sino de un trato excluyente que suele acompañarse de actitudes xenófobas legitimadas política y hasta jurídicamente. Otro tanto cabe decir de las personas que distribuyen alimentos a las víctimas de una hambruna o de alguna catástrofe: “Los lanzan desde el camión como si los receptores fuesen perros”. De nueva cuenta, la distribución puede ser justa y eficiente, pero no dudaríamos de que la forma de llevarla a cabo es humillante.8 En ambos casos se da lugar a una humillación institucional y, por tanto, a una sociedad indecente, pero “justa”. Este déficit liberal no tiene justificación alguna: “Una sociedad justa debería ser, en espíritu, una sociedad decente, tanto para sus miembros como para quienes no pertenecen a ella”.9

Las sociedades justas deben comprenderse de manera incluyente, es decir, incorporando la moderación y la decencia. No es tarea fácil trazar las fronteras entre unas sociedades y otras. Ahí donde parecen haberse alcanzado altos niveles de distribución equitativa y, por lo mismo, niveles óptimos de calidad de vida, aparecen o reaparecen situaciones de crueldad y humillación de difícil contención. Piénsese, de nueva cuenta, en las actitudes xenófobas de buena parte de los gobiernos conservadores y de partidos de ultraderecha radical en Europa, o en la sistemática violación de derechos humanos en países emergentes como China, con sonados logros en el crecimiento económico y en el abatimiento generalizado de la pobreza.

La situación en Latinoamérica invita a un análisis atento y cuidadoso. En principio el lastre de la desigualdad nos distancia sensiblemente de los ideales de una sociedad justa. El primer Informe regional sobre desarrollo humano para América Latina y el Caribe (2010), elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), arroja cifras muy preocupantes: 10 de los 15 países más desiguales del mundo se encuentran en América Latina y el Caribe. De acuerdo con el coeficiente de Gini —el indicador más usado para medir la desigualdad en términos de ingreso—, la desigualdad en nuestra región es 65% más elevada que la de los países de ingreso alto, 36% más alta que la de los países del Este asiático y 18% más alta que el promedio de la África subsahariana. La violencia institucional en muchos de nuestros países mantiene postradas a nuestras sociedades en una interminable y desesperante humillación que, lamentablemente, ha erosionado también los ámbitos de la intimidad y privacidad personal, familiar y comunitaria, y hace dudar de las posibilidades de una convivencia civilizada.

Todo indica, como bien decía el juez argentino Eugenio Zaffaroni, que lejos de que los países latinoamericanos transitemos de un Estado legal de derecho a uno constitucional, involucionamos, de nueva cuenta, hacia un Estado “decretal” de derecho.10 Lejos de consolidar una cultura de la legalidad robusta en el marco de un Estado democrático y social de derecho, nos encaminamos hacia una cultura de la (I)legalidad, en donde lo que priva es lo que Guillermo O’Donnell ha llamado una “ciudadanía de baja intensidad”:

Quiero con esto decir que todos tienen, al menos en principio, los derechos políticos que corresponden a un régimen democrático, pero a muchos les son negados derechos sociales básicos, como lo sugiere la extensión de la pobreza y la desigualdad. […] A estas personas se les niegan también derechos civiles básicos: no gozan de protección ante la violencia provincial ni ante diversas formas de violencia privada; se les niega el fácil y respetuoso acceso a las instituciones del Estado y a los tribunales; sus domicilios pueden ser allanados arbitrariamente y, en general, son forzados a llevar una vida que no sólo es de pobreza sino también de sistemática humillación y miedo a la violencia. […] Estas personas, a las que llamaré el sector popular, no son sólo materialmente pobres, son también legalmente pobres.11

El sociólogo chileno Jorge Larraín ha expresado esta situación con una frase intimista y contundente: vivimos el “síndrome de desesperanza aprendida”.12 No se trata sólo de desplazados, sino de un número creciente de individuos que han perdido la ilusión de un futuro y les resulta insostenible la persistencia en un clima de incontrolable inseguridad. Todo ello abona en favor de una creciente desconfianza de la ciudadanía en las instituciones políticas, sociales y económicas, que merma la cohesión social y destruye los cimientos del llamado “capital social”.13

Tal parece que un buen sector de nuestras poblaciones vive en una dinámica que el jusfilósofo brasileño Óscar Vilhena ha caracterizado con los términos de “invisibilidad de los extremadamente pobres”, “demonización de los que cuestionan el sistema” e “inmunidad de los privilegiados” o de los detentadores fácticos del poder.14 Trilogía que se corresponde con otra, no menos dramática: la corrupción, ineficiencia e impunidad de nuestros gobernantes. Por ello, tiene razón Ernesto Garzón Valdés cuando critica a un buen número de estudiosos latinoamericanos por vivir bajo el “velo de la ilusión” y disimular nuestros fracasos bajo eufemismos como el que encierra la expresión “transición a la democracia”, que sólo justifica el “retraso” o el “apartamiento de la meta proclamada”; o bien por vivir bajo la ilusión de un “Estado de derecho” cuando existe una distancia abismal entre las reglas formales y las reglas vividas:

Hablar de la vigencia del rule of law es, en la mayoría de los países de América Latina, desfigurar la realidad jurídica y despistar a quien quiera interesarse por las normas que rigen el comportamiento de gobernantes y gobernados en amplios campos de la vida social. A quien tenga predilección por las citas literarias, me permito recordarle la siguiente frase de un personaje de Alejo Carpentier: “Como decimos allá, ‘la teoría siempre se jode en la práctica’ y ‘jefe con cojones no se guía por papelitos’”.15

“Instituciones suicidas”

Tuvimos que ser testigos del desplome de las torres gemelas en 2001 y del colapso del sistema financiero en 2008 para caer en la cuenta de la crisis de un sistema global que pretendió erigirse sobre la unilateralidad de una potencia mundial hegemónica y de una democracia y un sistema de mercado sin límites ni controles institucionales.

Después de 2001, y emblemáticamente con el Acta Patriótica de Estados Unidos, asistimos a un reposicionamiento de actitudes y decisiones ultraconservadoras. Como un botón de muestra de estas posiciones, considérense algunos testimonios en relación con el tema de la tortura:

No podemos saber si un preso es un terrorista operacional mientras no nos dé información [...]. No pienso en tortura mortal. Pienso, por ejemplo, en una aguja esterilizada que se introduce debajo de la uñas. Claro, eso no sería conforme a los convenios de Ginebra. Pero ustedes saben que en todo el planeta hay países que violan los tratados de Ginebra. Lo hacen en secreto, como lo hicieron los franceses en Argelia. (Palabras de Alan M. Dershowitz, jurista de la Universidad de Harvard, pronunciadas el 4 de marzo de 2003, en un programa de CNN.)16

Revisé la lista de técnicas de interrogación y había dos que pensé que iban demasiado lejos, aun en el caso de que fueran legales. Pedí a la cia que no las usaran. La otra técnica era el waterboarding (submarino), un proceso que simula el ahogamiento del interrogado. No me cabe duda de que el procedimiento era muy duro, pero los médicos expertos le aseguraron a la cia que la técnica no provocaba daños permanentes. (Palabras de George W. Bush, de su libro Decision Points.)17

Ronald Dworkin ha mostrado cómo el miedo y el terror, así como un patriotismo desbordante, son malos consejeros con respecto a los frenos institucionales que requiere una sociedad liberal y democrática para evitar “autoeliminarse”; es decir, para no destruir sus instituciones basadas en principios o convicciones normativas: “De esta manera, nuestro país, hoy día, encarcela a un amplio número de personas, secretamente, no por lo que han hecho, ni por una evidencia ‘caso por caso’ que permita suponer que es peligroso dejarlas en libertad, sino porque caen en una vaga definición de clase […]”.

El caso de los tribunales militares establecidos para procesar a los acusados de terrorismo es un claro ejemplo de abuso de poder. Los tribunales son secretos, se rigen por las reglas que establece el sectarismo de la Defensa y pueden condenar a la pena de muerte a un inculpado por simple mayoría de los jueces que lo procesan. Y continúa Dworkin: “Éste es el tipo de proceso que asociamos con la ilegalidad de las dictaduras totalitarias. Si cualquier norteamericano fuera juzgado por un gobierno extranjero de esa manera, aun por una falta menor, no digamos un crimen capital, denunciaríamos a ese gobierno como un gobierno criminal”.18

Las democracias constitucionales y los sistemas de mercado, si no son muy cautelosos a través de limitaciones debidamente normadas por el Estado, fácilmente se suicidan.19

Con respecto a la democracia, bastaría con tener presente el llamado peligro de la “obesidad mayoritaria”.20 Si es cierto que en política como en economía el actor racional es aquel que aspira a maximizar sus beneficios y reducir sus costos, y si es cierto que una de las formas más eficaces de lograrlo es procurando que los demás hagan lo que uno quiere, no cuesta mucho inferir que quien detenta el poder procurará aumentarlo imponiendo aquellos comportamientos que lo beneficien aun cuando esto suponga lesionar la autonomía de los individuos. Este aumento de poder no tiene que contradecir las reglas del procedimiento democrático; bastaría pensar en la posibilidad de coaliciones mayoritarias que terminen ejerciendo un poder despótico sobre las minorías, lo que Hans Kelsen llamó “el dominio de las mayorías”. La democracia procedimental se presentaría entonces como una fuente legitimadora de las tiranías individuales o de las tiranías mayoritarias; es decir, de la propia destrucción de la democracia. Por eso resulta muy pobre el discurso de los defensores a ultranza de las democracias electorales, como si el tránsito a una auténtica democracia dependiera de tales procedimientos sin un cuestionamiento a fondo del desarrollo humano, de los derechos —no sólo civiles y políticos sino también sociales— y de una “subyacente perspectiva universalista del ser humano como un agente”, es decir,

[…] alguien que está normalmente dotado de razón práctica y de autonomía suficiente para decidir qué tipo de vida quiere vivir, que tiene capacidad cognoscitiva para detectar razonablemente las opciones que se encuentran a su disposición y que se siente —y es interpretado(a) por los demás como— responsable por los cursos de acción que elige.21

Dígase otro tanto del mercado. Desde las primeras clases de economía el estudiante aprende la teoría de la mano invisible y los resultados que produce cuando se dan ciertas condiciones idealizadas: que todo lo que importa en la vida proceda del consumo privado de bienes; que la información sea perfecta, los bienes infinitamente divisibles y los agentes económicos perfectamente racionales. Por supuesto, estas condiciones nunca se dan en los mercados reales: ahí las transacciones no son nunca iguales a cero, la información es asimétrica y se generan externalidades negativas con respecto a terceros que no participan en la transacción, por ejemplo, el caso de los free riders o gorrones, la contaminación, etcétera. El problema no reside tanto en el contraste entre estos dos mundos, que el buen economista reconoce y con el que aprende a lidiar desde el principio de su formación. El problema reside en seguir considerando a la institución del mercado como algo bueno per se, algo que por su propio dinamismo, en la medida en que se minimicen los factores de distorsión, producirá las bondades requeridas por cualquier sociedad medianamente decente. Éste es el optimismo delirante del economista clásico, que se encuentra a medio camino entre la ingenuidad y la franca insensatez. Si, además, como afirman algunos economistas libertarios como Friedrich Hayek, el mercado es condición necesaria de la democracia y se acepta también esta tendencia del mercado a su concentración, entonces el escenario se nos vuelve doblemente enfermizo.22

La exigencia de un Estado de derecho

Dicho lo anterior, ¿no estaría más que justificada la creciente desconfianza y el desencanto actual de una buena parte de la ciudadanía con respecto a las instituciones políticas, sociales y económicas? Pienso que sí pero, cuidado, la solución no está en una suerte de apuesta a la anarquía o a la espontaneidad popular. Algunos colectivos en Europa, en América Latina, en los países árabes y en otras regiones, más allá de ideologías, piensan que es factible construir democracias sin representantes ni partidos políticos, mercados sin instituciones financieras y reguladoras, periodismo sin agencias noticiosas o televisivas, huelgas sin sindicatos… En una palabra, construir una suerte de pacto social sin instituciones intermedias, sin canales de transmisión entre sociedad civil y Estado. Creo —estoy convencido— de que esta solución es falsa. No se trata de minimizar, mucho menos de eliminar, la importancia y necesidad de estas instituciones. De lo que se trata, más bien, es de transparentar y hacer eficientes esos canales; sancionar judicialmente los manejos turbios y corruptos de los recursos públicos; crear un cuerpo de comunicadores profesionales —entre el gobierno y la ciudadanía, la banca y el usuario, los medios y los lectores y escuchas, el sindicato y los trabajadores— que sepan usar el lenguaje y entiendan el comportamiento del hombre y la mujer de la calle.23 De lo que estamos hablando, a fin de cuentas, es de construir y consolidar no un Estado con derecho, sino un Estado de derecho; un “imperio de la ley” que nos permita ingresar poco a poco en ese círculo virtuoso en el cual las normas legales y constitucionales acompañan, facilitan, hacen posible una sociedad más productiva, comunicada y equitativa. ¿De qué hablamos cuando usamos la tan traída y llevada expresión de “imperio de la ley”? Nada más, ni nada menos, que de cuatro exigencias esenciales:24

En cuanto a la autoridad que emite las normas, debe hallarse facultada para hacerlo por una norma jurídica de competencia. Esta exigencia cancela, sin más, la posibilidad de los gobiernos de facto y la actuación ultra vires de cualquier autoridad;
Las normas jurídicas deben ser generales, es decir, sus destinatarios deben ser identificados por rasgos generales y no mediante aspectos particularizados o definidos. La generalidad de las leyes se justifica reconociendo un principio ético fundamental, el de la imparcialidad;
Las normas jurídicas deben ser prospectivas y no retroactivas; estables, pero no inmutables en el tiempo. La prohibición de la retroactividad cumple con la exigencia de que el individuo no sea objeto de un reproche o una sanción por una conducta anterior en el tiempo y que, por tanto, ya no es pertinente reconsiderar. La estabilidad es una condición indispensable para guiar el comportamiento del destinatario, que no debe sujetarse a modificaciones de la ley por circunstancias irrelevantes;
Las normas jurídicas deben ser claras y transparentes. La claridad excluye el uso deliberado de expresiones de gran vaguedad, tipos penales abiertos o conceptos indeterminados que sólo contribuyen al incremento desmesurado de la discrecionalidad, potencialmente adversa a la seguridad ciudadana. De igual manera, el principio de transparencia de las leyes es requisito indispensable para el desarrollo de un proyecto de vida personal confiable. Como acertadamente afirma Joseph Raz, “el derecho tiene que ser abierto y adecuadamente publicitado. Si está hecho para guiar a los individuos, éstos tienen que estar en posibilidad de encontrar lo que el derecho es”.25
Aceptadas estas cuatro exigencias, no es difícil imaginar entonces de qué manera se puede vulnerar el Estado de derecho si no se satisface el principio de imperatividad de la ley. Un ordenamiento jurídico que contemplara la creación y aplicación de normas jurídicas discriminatorias, retroactivas e inestables, secretas y confusas no podría más que atentar contra los proyectos de vida elegidos libremente por los individuos. Dicho ordenamiento terminaría por considerar a las personas no como fines en sí mismas sino como medios al servicio de intereses oscuros e ilegítimos. Las consecuencias no podrían ser más trágicas dado que se deslegitima el sistema político, se destruye el profesionalismo, se impide la planificación y se imposibilita toda previsibilidad, al tiempo que se segrega y desanima a los individuos honestos. El principio de imperatividad de la ley, finalmente, debe descansar sobre una exigencia ética más radical, a saber, que los individuos, los destinatarios de la ley, deben ser tomados en serio, es decir, deben ser considerados como seres autónomos y dignos.

Es en este ámbito del “imperio de la ley”, y sólo en él, donde debe enmarcarse y comprenderse el sistema de mercado. El mercado no es enemigo de las normas, ni de la justicia. Como ha dicho el filósofo político español Daniel Innerarity, “la regulación de los mercados –ese objetivo tan propio de la tradición socialdemócrata– no es una estrategia para anularlos, sino para hacerlos reales y efectivos, es decir, para ponerlos al servicio del bien público y la lucha contra las desigualdades”. Tomo este párrafo de una editorial publicada en el periódico español El País que lleva un título sugestivo: “El mercado, un invento de la izquierda”.26

El consenso socialdemócrata y las patologías de la desigualdad

Pienso que resulta difícil y políticamente incorrecto poner en duda las bondades de un Estado de derecho; la denuncia y crítica de toda forma de totalitarismo, de crueldad y de humillación; la necesidad de un mercado adecuadamente regulado, y la construcción de una democracia representativa acotada por los límites infranqueables que establecen los derechos humanos en el marco de un Estado constitucional. Todo esto suena bien. Sin embargo, como decía el recientemente fallecido historiador inglés Tony Judt, “algo va mal”. Algo no ha caminado bien en nuestras sociedades modernas y, concretamente, en nuestros países latinoamericanos.

Desde la posguerra hasta finales de los años setenta del siglo pasado, escribía el politólogo Ralf Dahrendorf en 1979, el consenso socialdemócrata significó “el mayor progreso que la historia ha visto hasta el momento. Nunca habían tenido tantas personas tantas oportunidades vitales”. No deja de ser significativo el título del ensayo del que se toma esta cita, “The End of the Social Democratic Consensus”.27 En efecto, las tres décadas siguientes (1980-2010) han “arrojado por la borda”, en términos de Tony Judt, los logros paulatinos de un siglo (1880-1980), que al menos para las sociedades avanzadas de Occidente significaron una reducción significativa de la desigualdad: “Gracias a la tributación progresiva, los subsidios del gobierno para los necesitados, la provisión de servicios sociales y garantías contra las situaciones de crisis, las democracias modernas se estaban desprendiendo de sus extremos de riqueza y pobreza”.28 Hoy, sin embargo, asistimos a la más vergonzosa y humillante lacra social: la desigualdad desbordada. Judt ilustra la humillante desigualdad de los últimos decenios con el siguiente “botón” de muestra:

En 2005, 21.2% de la renta nacional estadounidense estaba en manos de sólo 1% de la población. En 1968 el Director Ejecutivo de General Motors se llevaba a casa, en sueldo y beneficios, unas 66 veces la cantidad pagada a un trabajador típico de gm. Hoy, el Director Ejecutivo de Walmart gana un sueldo 900 veces superior al de su empleado medio. De hecho, ese año se calculó que la fortuna de la familia fundadora de Walmart era aproximadamente la misma (90 mil millones de dólares) que la de 40% de la población estadounidense con menos ingresos: 120 millones de personas.29

En México, los resultados de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2010, publicados por el INEGI el 15 de julio de 2011, arrojan cifras muy preocupantes. El ingreso promedio de los hogares cayó 12.3% entre 2008 y 2010, lo que equivale a un ingreso promedio por familia de casi 12 mil pesos al mes, “inferior a los niveles de la clase media baja —como afirma Jorge Castañeda—, que ya debiéramos haber consolidado”. Y agrega el mismo autor, corrigiendo cifras de su libro más reciente, Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos:30 “En 2010 es probable que la proporción [entre pobres y no pobres] se haya emparejado y que más o menos 55 millones de mexicanos vivan en la pobreza y 55 millones fuera de ella”.31 Si seguimos considerando, exclusivamente, la medición de la pobreza por ingresos, de acuerdo con las cifras oficiales proporcionadas por el coneval (29 de julio de 2011), Castañeda se queda corto y su optimismo con respecto a una posible “expansión” de la clase media debería moderarse: el número de pobres patrimoniales creció en 7 millones 100 mil, ya que pasó de 50 millones 600 mil (47.7%) en 2008 a 57 millones 700 mil (51.3%) en 2010.32 Recordemos que el INEGI divide los 29 millones de hogares en deciles y mientras el 10% más pobre recibe como ingreso familiar mensual un promedio de 2 mil 54 pesos, el 10% más rico alcanza en promedio 39 mil 476. Con cierta ironía, sugiere José Woldenberg: “Valdría la pena aplicarle al decil de los más ricos un tratamiento similar al de todos los hogares, es decir, dividirlo en 10 categorías, porque de seguro encontraríamos en él una enorme polarización”.33

Los problemas de la pobreza y, muy señaladamente, la desigualdad son los temas de la socialdemocracia. Podemos convenir a estas alturas que un socialdemócrata debe tomarse en serio las reglas del juego democrático; que la incorporación de los derechos humanos, con su vocación de universalidad, en la normatividad nacional, legal y constitucional (incluyendo los tratados internacionales en la materia) es una condición sine qua non para cualquier Estado de derecho; que es falsa la dicotomía entre Estado y mercado y que el primero resulta necesario para garantizar mejores condiciones de competencia y ausencia de privilegios (Adam Smith dixit); que en sociedades modernas la defensa de libertades individuales, el respeto a la privacidad y un espacio laico para las deliberaciones públicas son elementos necesarios para una convivencia plural. Todo ello sitúa a un socialdemócrata en el contexto de una modernidad ilustrada, liberal, moderadamente conservadora –si de lo que se trata es de conservar las viejas conquistas sociales– y en un socialismo reformista ajeno a reivindicaciones ilegal e ilegítimamente violentas. Quizá ninguna de estas propiedades, por separado, sea “exclusiva” de la socialdemocracia, pero estoy convencido de que sólo un socialdemócrata es capaz de darles un sentido unitario a partir de una profunda sensibilidad hacia las injusticias o “patologías” de la pobreza y de la desigualdad. ¿Cuáles son algunas de esas patologías?

1. Interrupción de la movilidad intergeneracional con pocas expectativas de mejoramiento para los niños y jóvenes en condiciones de pobreza:
La desventaja económica para la gran mayoría se traduce en mala salud, oportunidades educacionales perdidas y —cada vez más— los síntomas habituales de la depresión: alcoholismo, obesidad, juego y delitos menores. Los desempleados o subempleados pierden las habilidades adquiridas y se vuelven superfluos crónicamente para la economía. Las consecuencias con frecuencia son la angustia y el estrés, por no mencionar las enfermedades y la muerte prematura;34

2. Incremento de la desconfianza recíproca y falta de cooperación. La uniformidad social sustituye a la homogeneidad y favorece núcleos comunitarios endógenos, refractarios a la convivencia plural y proclives a la generación de sociedades excluyentes con poca o nula cohesión y solidaridad:

Cuanto más igualitaria es una sociedad, más confianza reina en ella. Y no sólo es una cuestión de renta: donde las personas tienen vidas y perspectivas parecidas es probable que también compartan lo que se podría denominar una ‘visión moral’. Esto facilita mucho la aplicación de medidas radicales en la política pública. En las sociedades complejas o divididas lo más probable es que una minoría —o incluso una mayoría— sea obligada a ceder, con frecuencia en contra de su voluntad. Esto hace que la elaboración de la política colectiva sea conflictiva y favorezca un enfoque minimalista de las reformas sociales: mejor no hacer nada que dividir a la gente sobre una cuestión controvertida.35

3. Ruptura de las redes de seguridad con la consiguiente corrosividad social. La provisión de servicios sociales construida a base de mucho esfuerzo colectivo ha sufrido rupturas dramáticas en los últimos decenios. En las democracias occidentales avanzadas la enorme crisis laboral se ha visto amortiguada, en buena medida, por subsidios al desempleo y atención pública sanitaria, pero los países carentes de estas redes, expuestos a un mercado salvaje, sin contenciones, han sucumbido a un deterioro social sin precedentes en donde el rencor y el resentimiento generan un entorno propicio para la violencia:

La desigualdad es corrosiva. Corrompe a las sociedades desde dentro. El impacto de las diferencias materiales tarda un tiempo en hacerse visible pero, con el tiempo, aumenta la competencia por el estatus y los bienes, las personas tienen un creciente sentido de superioridad (o de inferioridad) basado en sus posesiones, se consolidan los prejuicios hacia los que están más abajo en la escala social, la delincuencia aumenta y las patologías debidas a las desventajas sociales se hacen cada vez más marcadas. El legado de la creación de riqueza no regulada es en efecto amargo.36

4. Corrupción de los sentimientos en términos de una adulación acrítica y frívola de la riqueza. No se trata sólo del olvido por parte de las nuevas generaciones del esfuerzo de sus padres y abuelos, sino también de una suerte de cultura del confort, del mínimo esfuerzo y de una injerencia mediática e informativa, necesariamente seductora pero terriblemente complaciente:

Una cosa es convivir con la desigualdad y sus patologías; otra muy distinta es regodearse en ellas. En todas partes hay una asombrosa tendencia a admirar las grandes riquezas y a concederles estatus de celebridad (‘estilos de vida de los ricos y famosos’). […] Para Smith, la adulación acrítica de la riqueza por sí misma no sólo era desagradable. También era un rasgo potencialmente destructivo de una economía comercial moderna, que con el tiempo podría debilitar las mismas cualidades que el capitalismo, en su opinión, necesitaba alimentar y fomentar: “Esta disposición a admirar, y casi a idolatrar, a los ricos y poderosos, y a despreciar o, como mínimo, ignorar a las personas pobres y de condición humilde […] [es] la principal y más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales”.37

Estas patologías, y otras que no sería difícil señalar y modelar de acuerdo con las circunstancias específicas de cada región geográfica, invitan a una reflexión atenta sobre la posibilidad de una socialdemocracia y del futuro del Estado: “Nos hemos liberado —dice Judt— de la premisa de mediados del siglo XX —que nunca fue universal, pero desde luego sí estuvo generalizada— de que el Estado probablemente es la mejor solución para cualquier problema dado. Ahora tenemos que librarnos de la noción opuesta: que el Estado es —por definición y siempre— la peor de todas las opciones”.38 Repensar el Estado se convierte en una tarea urgente para minimizar los costos dramáticos de la desigualdad. ¿Hay que repensarlo desde una propuesta socialdemócrata? Yo, en lo personal, no encuentro otra alternativa; pero las propuestas concretas desde una socialdemocracia moderna u otras posibles alternativas deben ser objeto de un análisis y un debate mucho más detenidos.

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Notas:

[1] Avishai Margalit, La sociedad decente, Paidós, Barcelona, 2010, p. 15. Primera edición en Harvard University Press, 1996.
[2] Ibíd., pp. 105 y 161.
[3] Ibíd., p. 123.
[4] Judith Shklar, Los rostros de la injusticia, Herder, Barcelona, 2010. Primera edición en Yale University Press, 1990.
[5] Judith Shklar, “The Liberalism of Fear” (1991), en Political Thought and Political Thinkers, University of Chicago Press, Chicago, 1998, p. 11.
[6] Montaigne, Ensayos completos, Libro Primero, xvii, Porrúa, México, 2003.
[7] Ernesto Garzón Valdés, Calamidades, Gedisa, Barcelona, 2004, p. 155.
[8] Véase Avishai Margalit, óp. cit., pp. 209 ss. Margalit ejemplifica con los kibutz en Israel y con la hambruna en Etiopía, respectivamente. No es difícil hacer extensivos estos ejemplos a la trágica situación de los inmigrantes en muchos países europeos y americanos, y no puede escapar a nuestra atención la diferencia de trato hacia las víctimas de las catástrofes en Japón y Haití, independientemente de su menor o mayor acercamiento a los ideales de justicia. En concreto, para el caso de los inmigrantes en España un estudio reciente ha desmontado el mito urbano de que consumen más en servicios del Estado de los que aportan. Los inmigrantes representan en la actualidad 12.2% de la población española, pero únicamente absorben 6.8% de los servicios sociales, 6.1% de los gastos educativos y 5.1% de la sanidad, es decir, gastan menos de lo que le correspondería. Los inmigrantes son contribuyentes netos del Estado, injustamente discriminados. Véase Francisco Javier Moreno Fuentes y María Bruquetas Callejo, Inmigración y Estado de bienestar en España, Col. Estudios Sociales, Obra Social “la Caixa”, Barcelona, 2011.
[9] Ibíd., p. 213.
[10] Eugenio Raúl Zaffaroni, “Dimensión política de un poder judicial democrático”, en Miguel Carbonell, Héxtor Fix-Fierro y Rodolfo Vázquez (comps.), Jueces y derecho. Problemas contemporáneos, Porrúa-unam, México, 2004, p. 120.
[11] Guillermo O’Donnell, “Democracia, desarrollo humano y derechos humanos” en Guillermo O’Donnell, Osvaldo Iazzetta, Jorge Vargas Cullell (eds.), Democracia, desarrollo humano y ciudadanía, Homo Sapiens, Rosario, 2003, p. 91.
[12] Jorge Larraín, Identidad chilena, lom Ediciones, Santiago de Chile, 2001, p. 90, citado por Ernesto Garzón Valdés, “Las élites latinoamericanas”, en Ernesto Garzón Valdés, Javier Muguerza y Tony R. Murphy (comps.), Democracia y cultura política, Fundación Mapfre Guarteme, Las Palmas de Gran Canaria, 2009.
[13] Para el análisis de los conceptos de confianza, cohesión y capital social, véase Marcelo Bergman y Carlos Rosenkrantz (coords.), Confianza y derecho en América Latina, Fondo de Cultura Económica y Centro de Investigación y Docencia Económica (cide), México, 2009. El déficit de confianza que se percibe en la región, de acuerdo con Bergman-Rosenkrantz, “manifiesta, entre otras cosas, un fracaso del derecho, que se ha mostrado incapaz de articular un marco de legitimidad adecuado para el buen funcionamiento del orden público. […] De acuerdo con distintas mediciones, los habitantes de los países de la región no creen que las instituciones encargadas de proteger sus derechos lo hagan en forma efectiva. Los ciudadanos se mantienen escépticos respecto de la actitud de los gobernantes; los empresarios toman muchos recaudos en los contratos que celebran; los individuos recelan de los desconocidos y de las organizaciones públicas” (pp. 11-12).
[14] Véase Oscar Vilhena, “La desigualdad y la subversión del Estado de Derecho”, en Revista Internacional de Derechos Humanos, No. 6, Año 4, 2007, pp. 29 ss.
[15] Véase Ernesto Garzón Valdés, “Las élites latinoamericanas”, pp. 205-243.
[16] Anne Marie Mergier, “Ideología de la tortura”, en Proceso, México, 23 de mayo de 2004, pp. 56-58.
[17] Proceso, México, 21 de noviembre de 2010, p. 40.
[18] Véase Ronald Dworkin, “The Threat to Patriotism”, en The New York Review of Books, 16 de febrero de 2002. Abu Graib y las revelaciones sobre Guantánamo, campos de internamiento de presos sospechosos de terrorismo, son dos casos claros de los límites a los que puede llegar la crueldad institucional minando las condiciones que hacen posible la supervivencia de un Estado democrático constitucional, por ejemplo, el garantismo judicial y el derecho internacional con respecto a la Convención de Ginebra.
[19] Véase Ernesto Garzón Valdés, Instituciones suicidas, Paidós-unam, México, 2000, especialmente “La democracia y el mercado: dos instituciones suicidas”, pp. 17 ss.
[20] Ibíd., pp. 32 ss.
[21] Véase Guillermo O’Donnell, Osvaldo Iazzetta y Jorge Vargas Cullell (comps.), Democracia, desarrollo humano y ciudadanía. Reflexiones sobre la calidad de la democracia en América Latina, HomoSapiens Ediciones y pnud, Santa Fe, 2003, p. 33.
[22] Véase Ernesto Garzón Valdés, Instituciones suicidas, pp. 63 ss.
[23] No es sorprendente que en una reciente encuesta entre españoles –Barómetro de Confianza Ciudadana–, elaborada por Metroscopía en exclusiva para el periódico El País, el grado de confianza que inspiran en la ciudadanía la televisión, los sindicatos, los bancos y los políticos se encuentre entre los peores evaluados, con 4.1, 3.3, 2.9 y 2.6, respectivamente, en una escala de 0 a 10, en la que “0” equivale a que no inspira ninguna confianza y “10” a que inspira confianza total. Por el contrario, la universidad, la sanidad pública y la policía se encuentran entre los mejores evaluados con 6.8, 6.8 y 6.7, respectivamente. Desde el ya clásico ensayo de Robert Putnam, “Bowlig Alone”, de 1995, “[la confianza institucional] es uno de los elementos esenciales para la consolidación de una cultura democrática” (José Juan Toharia, El País, Análisis sociológico, 7 de julio de 2011, p. 8). No es muy distinta la situación en México. De acuerdo con la Encuesta Nacional en Viviendas realizada por Consulta Mitofsky, en febrero de 2010 los bancos, los sindicatos y los partidos políticos se encuentran entre los peores evaluados. Contrasta con España el que la policía sea percibida en México como una institución muy corrupta y se ubique, también, entre las peores evaluadas.
[24] Véase Francisco Laporta, “Imperio de la ley. Reflexiones sobre un punto de partida de Elías Díaz”, pp. 139 ss.
[25] Joseph Raz, La autoridad del derecho, unam, México, 1985, p. 268.
[26] Daniel Innerarity, “El mercado, un invento de la izquierda”, en El País, España, 22 de abril de 2011.
[27] Ralf Dahrendorf, “The End of the Social Democratic Consensus”, en Life Chances, University of Chicago Press, Chicago, 1979, pp. 108-109.
[28] Tony Judt, Algo va mal, Taurus, Madrid, 2010, p. 26.
[29] Ibíd., p. 27.
[30] Jorge Castañeda, Mañana o pasado: El misterio de los mexicanos, Aguilar, México, 2011. El libro fue publicado en mayo, y sobre una población de 110 millones de habitantes, Castañeda hablaba de 40 millones de pobres (p. 99).
[31] Jorge Castañeda, “Caída del ingreso, muy mala noticia”, Reforma, México, 21 de julio de 2011.
[32] Considerada la pobreza desde un punto de vista multifactorial, durante el periodo 2008-2010 las cifras del coneval (Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social) arrojan un número de 52 millones de pobres equivalente a 46.2% de la población: 3 millones 200 mil más que en 2008. Para el coneval son pobres quienes tienen al menos una carencia social en salud, educación, alimentación e ingresos inferiores a la línea de bienestar mínimo, que equivale a 2 mil 114 pesos por persona al mes en el área urbana y a mil 329 en el área rural.
[33] José Woldenberg, “Malas noticias: todos pierden”, Reforma, México, 21 de julio de 2011.
[34] Tony Judt, óp. cit, pp. 28-29.
[35] Ibíd., p. 73.
[36] Ibíd., p. 34.
[37] Ibíd., pp. 35-36.
[38] Ibíd., p. 190.

LA IZQUIERDA, LA DERECHA, LA DEMOCRACIA


MICHELANGELO BOVERO

1 ¿Qué es lo que debe hacer una persona que se declara, simultánea y sinceramente, “democrática” y de “izquierda” cuando su partido político, al que apoyó con su voto y quizá también con ideas y recursos, pierde una elección? ¿Qué es lo que debe hacer este individuo cuando está convencido de que las votaciones y el conteo de votos se llevaron a cabo de una manera formalmente correcta, o al menos sin alteraciones significativas y decisivas; pero también sabe que las condiciones generales en las que tuvo lugar el juego electoral —por ejemplo, la situación de la información pública, entre otras— pudo haber condicionado el resultado? ¿Qué debe hacer si, por un lado, no acepta ceder ante las sirenas populistas y demagógicas que intentan inducirlo a refutar el resultado desfavorable de la elección; pero, por el otro lado, “le provoca escozor” darse cuenta de que, cuando intenta convencer a sus compañeros de que es debido reconocer la derrota, en realidad está apoyando de manera peligrosa a la parte contraria, porque está convencido de que los vencedores implementarán políticas que, además de ser contrarias a sus propios principios e ideales “de izquierda”, también pueden ser muy negativas para la consolidación y el desarrollo de la democracia misma? ¿Qué es lo que debe hacer si está convencido de que las políticas “de derecha”, de esta derecha, dañarán el proceso de democratización —desde cualquier punto de vista: desde el que corresponde a las condiciones institucionales hasta el que se refiere a las precondiciones sociales, desde la erosión de la laicidad estatal (una democracia es laica o no es democracia) hasta el aumento de las desigualdades que se traducen en mayor posibilidad para manipular y disminuir la capacidad del ciudadano— y, de hecho, intentarán reducir la democracia a un mero simulacro exterior, apenas una vestimenta vacía, útil para cubrir o bien para disfrazar, a una oligarquía social y una autocracia política? En fin, ¿qué es lo que debe hacer esta persona cuando tiene la sensación de que al aceptar el resultado del juego democrático —y al convencer a las demás personas de “izquierda” para que lo acepten— en realidad está contribuyendo a la degeneración de la democracia misma, de manera distinta, pero tal vez no menos grave, que los comportamientos enloquecidos del caudillismo posmoderno? ¿Qué es lo que debe hacer este individuo cuando lo roza la pesadilla de estar atrapado en una contradicción frontal y fatal, como si el imperativo que orienta su voluntad fuera: fiat democratia, pereat democratia?

No pretendo contestar a todas estas preguntas. Por lo menos no de una manera que sea convincente para todos. Cada quien debe contestarlas según su conciencia e, incluso, antes, cada uno deberá adaptar las preguntas a sus propias inquietudes. Pero estoy seguro de que, en tiempos de una tendencia degenerativa de la democracia, muchas personas democráticas tienen dudas parecidas. Lo que intentaré ofrecer son algunos conceptos y argumentos para realizar una reflexión clara y ordenada que nos acerque hacia algunas respuestas posibles. Los cuadros de categorías que intentaré dibujar (apenas un esbozo que debe ser desarrollado) son simplificados pero no por ello (creo y espero) deformantes. Además, las consideraciones que expondré no pretenden ser originales: simplemente intentan precisar y conectar algunas ideas que pertenecen al patrimonio de cualquier persona normal de izquierda. Comenzando por la propia noción de “izquierda”.

2 El concepto de izquierda, bien entendido, no sólo no coincide con los de socialismo y comunismo (etcétera) y no se agota en los mismos, sino que se ubica en plano distinto porque no expresa una identidad política sustancial, un ideal determinado, un modelo de sociedad, un proyecto de convivencia y un programa para ejecutarlo, que estén fundados en una ideología determinada, en una visión del mundo, en una constelación de valores, sino que indica un lugar del espacio político, o sea, una posición. El que afirma “soy de izquierda” no responde a la pregunta “¿quién eres?”, “¿cuál es tu identidad política?”, sino a la interrogante “¿en dónde estás respecto a otros, cuál es tu ubicación?”. Por ello, “izquierda” es un concepto relativo, o mejor dicho, relacional, y los caracteres sustanciales que permiten identificar a los sujetos políticos que ocasionalmente se ubican “a la izquierda” cambian cuando cambian los términos de la relación. En otras palabras, la identidad de la izquierda —de quién es “de izquierda”, de los sujetos que están “a la izquierda”— será distinta dependiendo de la identidad de quienes se ubican a su derecha, y viceversa. Esto supone, por ejemplo, que en contextos en los que solamente existen dos posiciones políticas, y el espacio de la derecha está ocupado por sujetos “conservadores” o “tradicionalistas”, un sujeto “innovador” con identidad política “liberal” (como quiera que se interprete este adjetivo) resultará ubicado “a la izquierda”; mientras en otros contextos caracterizados, por ejemplo, por la presencia de movimientos socialistas, un sujeto sustancialmente similar al anterior resultará ubicado en una posición de “derecha” (moderada). Pero, en segundo lugar, esto significa, que el mismo sujeto político puede “cambiar” de posición —pasando desde la izquierda a la derecha, o viceversa— también “cuando no se mueve”, es decir, cuando permanece idéntico a sí mismo, fiel a sus principios: simplemente porque otros sujetos (partidos o movimientos) han venido a ocupar el espacio a su derecha o —como ha sucedido con frecuencia en los últimos siglos— a su izquierda. Así las cosas, en la historia política de la modernidad, que podemos comenzar a contar desde la revolución francesa, tenemos que, al cambiar las fases históricas, “a la izquierda” del espacio político se encuentran los movimientos liberales, los movimientos democráticos, los movimientos socialistas. Los liberales nacieron “a la izquierda”, combatiendo por la constitucionalización de los derechos individuales de libertad contra los partidarios del ancien régime y de la restauración; pero enseguida “se deslizaron” hacia la derecha porque fueron “rebasados” por la izquierda, primero por los demócratas, que combatían por la ampliación de los derechos políticos más allá de las fronteras discriminatorias, después por los socialistas, que asumieron (de diferentes y contradictorias maneras) como objetivo político la emancipación económico-social más allá de la emancipación política. Por si fuera poco, todavía hoy, en el contexto particular de Estados Unidos, la posición definida como liberal —con un significado de la palabra distinto al que se desarrolló en el ámbito europeo— es considerada como una posición de izquierda, respecto de los conservadores. (La siguiente anécdota puede ser ilustrativa para entender la relatividad de esta ubicación. Durante la campaña electoral americana de 2004, le pregunté a un amigo que trabaja en Boston cuál era su opinión sobre Kerry. Me contestó: “No hay comparación con Bush Jr.: es infinitamente más abierto, sensato, progresista. Pero, si lo que quieres en un juicio con otros parámetros, te diría que sobre muchas cuestiones tiene la misma posición que los ex democristianos italianos más de derecha”.)

3 Llegados a este punto, es oportuno plantear una pregunta ingenua y radical: ¿por qué en la historia de la política moderna los movimientos liberales, democráticos y socialistas se ubican, de vez en vez, “a la izquierda”? ¿Por qué utilizamos este indicador de “ubicación” y no otro? ¿Por qué precisamente a la izquierda, y no a la derecha, o arriba o abajo? ¿Qué sentido tiene la colocación “a la izquierda”? O sea: ¿cuál es la ratio, la regla de la distribución de los sujetos —de las identidades políticas sustanciales— en el espacio político? Para recuperar el sentido de las ubicaciones políticas es oportuno retomar los orígenes de la distinción entre derecha e izquierda.

Podemos, incluso, indicar estos orígenes con una fecha: el 28 de agosto de 1789, en Versalles, día en que tuvo lugar una sesión crucial de la discusión en la cual, entre el 5 de mayo y el 11 de septiembre, los miembros de los “Estados Generales” de Francia, luego convertidos en “Asamblea Nacional”, elaboraron la que sería la “Constitución del Año uno”. El 5 de mayo, día de apertura de los Estados Generales, la asamblea se acomodó observando el orden característico del ancien réglime: el rey en un trono elevado, los nobles y el clero en una tribuna inmediatamente por debajo, el tercer Estado más abajo, en el fondo de la sala. El 28 de agosto se debía tomar una decisión sobre el poder de veto real: en ese momento, las distinciones y separaciones entre los estamentos ya se habían desmoronado, y para facilitar el cálculo de los votos individuales, todos los promotores de la institución del veto del rey se sentaron a la derecha del presidente de la asamblea, todos los opositores a la izquierda.

En este acontecimiento histórico —más que en la toma de la Bastilla— se encuentra simbólicamente representado el significado de la revolución que marca el pasaje desde el ancien régime hasta la modernidad política: una sociedad orgánica y jerárquica, marcada por las distinciones de rango que se colocan en la dimensión arriba-abajo, queda reemplazada por una sociedad individualista, en la que las diferencias relevantes para la vida política son de opinión y de partido, y se colocan en el eje derecha-izquierda. En primer lugar, entonces, la revolución conduce a la constitución horizontal del espacio político moderno: la posición de cada uno ya no depende de un rango predeterminado dentro de un orden jerárquico, en el que se nace en lo alto o en lo bajo, ahora todas las posiciones se ubican en el mismo plano, o sea, tienen la misma dignidad, y pueden asumirse libremente —pueden ser elegidas y ocupadas— por los individuos. En segundo lugar, el modo específico de la génesis del espacio político moderno manifiesta su regla constitutiva: podría decirse, metafóricamente que, con una rotación de noventa grados, el que se encontraba arriba “descendió” a la derecha, quien estaba abajo “subió” a la izquierda. Esto sugiere, fuera de la metáfora, que los movimientos políticos “de izquierda” son, de vez en vez, siempre movimientos de emancipación de los subordinados, que apuntan a escapar de una situación de inferioridad y para lograrlo deben abatir las pretensiones de superioridad de sus adversarios. Derrotar privilegios para eliminar discriminaciones. Los excluidos —que no cuentan ni son contados— son los que presionan para alcanzar la línea horizontal de la visibilidad, de la igual dignidad. Pensemos en el “cuarto estado”: era el que estaba más abajo, y cuando se emancipa “sube” más a la izquierda. En tercer lugar, tenemos como consecuencia que el criterio con el que las posiciones de izquierda se asumen y se reconocen en cuanto tales, coincide, en tiempos y circunstancias distintas, con la opción por la igualdad como valor político supremo. O mejor dicho, por una especificación determinada de la igualdad.

No es suficiente con afirmar que la igualdad es el valor que sirve para identificar a la izquierda. Es necesario precisar cuál igualdad identifica cuál izquierda, contestando a las preguntas “¿igualdad entre quién?” y “¿en qué cosa?”. Y es así como el modelo de sociedad promovido en tiempos distintos por los diferentes movimientos de emancipación que se sucedieron a la izquierda, “rebasándose por la izquierda”, en la historia moderna, se ha identificado con una sociedad caracterizada por cierta igualdad específica: el modelo liberal buscaba la igualdad entre todos los individuos en los derechos de libertad, el democrático la igualdad entre los ciudadanos en los derechos políticos, el socialista la igualdad entre todas las personas como sujetos de la cooperación (trabajadores) en la distribución de los papeles y de los recursos económico-sociales.

4 Naturalmente, estas macrofamilias ideológicas, tres identidades sustanciales que suelen considerarse protagonistas de la historia moderna (europea y occidental, pero no solamente) y tienden a colocarse en un determinado orden de sucesión espacial en el eje derecha-izquierda, en virtud del tipo y del grado de igualdad que cada una asume como valor último, están lejos de agotar la gama de posiciones políticas que han surgido a lo largo del tiempo en la escena mundial. En los dos siglos y algo más que han transcurrido desde que se instituyó el espacio horizontal de la política, pero sobre todo en el siglo XX, la historia se ha visto atravesada y devastada por ideologías, movimientos y regímenes radicalmente antimodernos y, por lo mismo, definidos como “reaccionarios”, que niegan el principio de igualdad como quiera que se le entienda, creadores de la imposición autoritaria y de la jerarquía como único principio (natural) de orden político. Son aquellas que en la simplificación del lenguaje común se conocen como “dictaduras de derecha” y que ubicamos, por ser enemigas de la (igual) libertad de los individuos en cualquier sentido, “a la derecha” de los movimientos liberales, incluso de los más conservadores: por lo tanto, en la “extrema derecha”.

Pero en la biblioteca de las categorías políticas comunes también se ha afirmado la figura de las “dictaduras de izquierda”. ¿En dónde las colocamos? ¿En la extrema izquierda? ¿Por qué? En este caso el análisis de las nociones comunes se complica.

Antes que nada, sabemos bien que las macroidentidades liberal, democrática y socialista han sido y siguen siendo infinitamente complejas y litigiosas. Se podría decir que cada una de ellas es esquizofrénica, posee diferentes personalidades en tensión latente o en abierto conflicto entre ellas. Para simplificar (de nueva cuenta), pero recurriendo todavía al recipiente de las ideas comunes, sugiero identificar en cada familia ideológica dos polos opuestos, o dos almas, que se han definido en una complicada historia de evoluciones y transformaciones. El movimiento liberal presenta un alma “liberista” —la cultura anglosajona actual la ha rebautizado con el adjetivo apologético libertarian— que pone el acento en la (igual) libertad de los individuos considerados como homines oeconomici, por lo tanto sobre la llamada “libertad de mercado”; y un alma que llamaría, en ausencia de un término mejor, provisionalmente, como “civil”, que busca defender sobre todo las “cuatro grandes libertades de los modernos” (Bobbio), mismas que durante mucho tiempo se han llamado (impropiamente) “derechos civiles”, es decir la libertad personal (o habeas corpus), de pensamiento, de reunión y de asociación. Las diferentes corrientes liberales se distinguen en aras de su atracción hacia uno u otro polo, y en virtud de si consideran la convivencia de las dos almas como problemática o como armoniosa e indisoluble.

Analíticamente, colocamos “más a la derecha” las corrientes “liberistas”, porque la igualdad mínima que postulan —la igualdad entre los individuos en la libertad de perseguir sin limitaciones sus intereses económicos— es causa de múltiples desigualdades sociales y culturales; ubicamos “más a la izquierda” las corrientes del liberalismo atento a los derechos “civiles”.

Dentro de la ideología democrática se acostumbra distinguir entre los defensores de la “democracia formal” y los promotores de la “democracia sustancial”. Los primeros tienden a resolver la noción de democracia en la igual atribución a todos los ciudadanos del derecho a participar en las decisiones colectivas; los segundos consideran democrático a un régimen que se orienta a satisfacer de un modo igual las exigencias de todos los ciudadanos. Para identificar el objeto ideal de la primera corriente se ha acuñado la expresión “democracia par le peuple”, o bien, “a través del pueblo”: una forma de gobierno en la que el poder político se ejerce por los ciudadanos (de manera directa o indirecta); para identificar el objetivo de la segunda se ha adoptado la fórmula “democracia pour le peuple”, esto es, “a favor del pueblo”: un tipo de ejercicio del poder que apunta a eliminar las desventajas de los grupos sociales desfavorecidos —y es evidente aquí la ambigüedad del término pueblo, que oscila entre el significado de “colectividad entera” y el de “clases populares”—. El conflicto latente entre las dos almas ha venido moldeando la identidad específica de las corrientes democráticas en la historia moderna, que se han dividido en torno a la cuestión de si la segunda alma se encuentra implicada en la primera, esto es, si la democracia formal debería necesariamente conducir a la democracia sustancial, o bien, si este último es un concepto equívoco y esencialmente contradictorio. Este no es el lugar para repetir mis letanías (teóricas, no axiológicas) contra los “sustancialistas”. Me limito a señalar que este esquema de distinción todavía está muy difundido (desafortunadamente) y lleva a colocar “más a la derecha” a la primera corriente, porque “restringe” la igualdad democrática entre los ciudadanos a la titularidad y al ejercicio del poder político; “más a la izquierda” la segunda corriente, porque “extiende” esta igualdad a los resultados sociales amplios de este mismo ejercicio del poder. Sin embargo, esta extensión acerca el alma “sustancialista” de la ideología democrática a la macrofamilia socialista.

Esta última es (ha sido, en la historia moderna) particularmente numerosa, fragmentada y litigiosa. No obstante ello, es fácil identificar la polaridad entre un alma más “asociativa” y cooperativa, llamada “socialista” en sentido estricto o también, en su variante histórica más relevante, “socialdemocrática”; y un alma “comunista”, colectivista y organicista. No quiero ir más allá de este esquema banal, para no provocar cuestiones irresolubles “de lana caprina”, y también porque no serían útiles para mi objetivo último, que es el de reseñar y revisar las ideas comunes que se ponen en juego cuando se reflexiona sobre la relación entre “democracia” e “izquierda”. En la biblioteca de las imágenes espaciales más difundidas, el socialismo no-comunista se coloca “más a la derecha”, el comunismo “más a la izquierda”, dando por entendido que el primero tolera mayores tipos y grados de desigualdades porque está dispuesto a pactar con los movimientos que están a su derecha, mientras el segundo tiende a suprimir las desigualdades radicalmente.

Es cierto que otro vocabulario —de origen distinto, pero que suele sobreponerse y mezclarse en nuestras cabezas con el esquema que hemos descrito— aproxima e incluso “coloca justos” al comunismo histórico, en tanto “dictadura de izquierda”, con las “dictaduras de extrema derecha” en una misma categoría, la de los “totalitarismos”. ¿Tiene sentido? Preguntémonos: ¿la “dictadura de izquierda” es un oxímoron, una contradicción conceptual? O más bien, ¿debemos sostener que aquellos que perciben esta expresión como un oxímoron son condicionados por el significado valorativo positivo que se atribuyen al término “izquierda” y que sugiere que el mismo no puede asociarse con el término “dictadura”? (Es fácil notar que este no era el caso de Marx, quien acuñó con un significado positivo la expresión “dictadura del proletariado”.) O bien, por el contrario, para ser coherentes con nuestros cuadros conceptuales, ¿debemos afirmar que ninguna “izquierda” puede encarnarse en una dictadura —porque ésta consiste en una forma extrema de desigualdad en poderes— sin convertirse en “derecha”? Sabemos que Bobbio resumió su interpretación de la trágica experiencia del comunismo histórico con la fórmula “utopía invertida”: la transformación radical del sueño de la emancipación universal en la pesadilla de la opresión universal. La fórmula bobbiana sugiere la imagen de una inversión a lo largo del eje vertical arriba-abajo: un ideal “noble y elevado” se ha convertido en “bruta materia”. Pero ¿no podremos representar este fenómeno también como una inversión a lo largo del eje horizontal? ¿No debemos afirmar que un ideal radicalmente igualitario, y por ello de extrema izquierda, que se corrompe en una dictadura ha invertido de manera total su posición en el espacio político, terminando en la extrema derecha? Para enfrentar este tema es oportuno reconsiderar las diferentes relaciones —las divergencias y las convergencias— entre las grandes familias ideológicas de la modernidad.

5 La historia moderna no sólo muestra divisiones y enfrentamientos entre las macroidentidades liberal, democrática y socialista, sino también algunas formas de conjunción, en ocasiones solamente teórica y doctrinaria, fruto de elaboraciones intelectuales con poca incidencia práctica, otras veces materializadas en programas de movimientos políticos o en configuraciones institucionales efectivas. Naturalmente la consistencia y la posibilidad misma de una conjugación entre ideologías distintas depende de la manera en la que cada una se redefine a sí misma en vista de la convergencia con la otra. No todas las almas de las diferentes ideologías están disponibles para los matrimonios mixtos. De hecho, normalmente todas se encuentran en conflicto recíproco. Pero entre algunas de las interpretaciones posibles de las tres macroidentidades políticas han tenido lugar acoplamientos significativos.

De nueva cuenta el lenguaje común sirve como guía reveladora (aunque, con frecuencia, ambigua): entre las expresiones más consolidadas se encuentra la de “liberal-democracia” y su reflejo invertido “democracia liberal”. Fórmulas usadas y abusadas pero no unívocas, porque con las mismas se puede entender el matrimonio feliz entre los derechos de libertad individual y de participación política, o bien, el nexo entre régimen político democrático y sociedad de mercado: estas dos interpretaciones no son intercambiables y no son necesariamente compatibles desde cualquier punto de vista. Las nociones de “liberal-socialismo” y “socialismo liberal”, que tienen un significado sustancialmente similar, son más doctrinarias y sirven para expresar aspiraciones teóricas más que perspectivas concretas que hayan tenido una gran incidencia en la realidad política. En cambio, las fórmulas compuestas “democracia social” y “socialdemocracia” no expresan nociones equivalentes, aunque una sea el correspondiente lingüístico de la otra.

Más allá de los significados equívocos y oscilantes de estas (y otras) expresiones —lo que, además, debería sugerir la importancia, incluso muy concreta, del análisis conceptual: como decía Bobbio citando a Montaigne, “la mayor parte de las razones de los problemas del mundo son gramaticales”— quisiera hacer notar cómo los principios de valor que identifican el alma “más a la izquierda” de la ideología liberal, la que está “más a la derecha” (que en realidad es la única racionalmente aceptable) de la ideología democrática, y la que está “más a la derecha” de la ideología socialista, corresponden respectivamente a las tres principales categorías de los derechos fundamentales: civiles (que se deberían llamar “de libertad”), políticos y sociales. Todas o casi todas las constituciones contemporáneas contienen declaraciones de derechos articulados en estas categorías. La misma estructura se encuentra en numerosos documentos internacionales, comenzando con la Declaración Universal de 1848. No es errado sostener que quienes se reconocen en la Declaración Universal —y deberían hacerlo, aunque de hecho no sea así, todos los Estados miembros de la ONU, sin importar la orientación de sus gobiernos— han adoptado una identidad política de base que sintetiza, al menos en parte, la mejor herencia de las tres grandes familias ideológicas de la historia moderna: precisamente las que han ocupado de manera sucesiva, en las diferentes fases históricas, las posiciones “de izquierda” del espacio político.

Entonces, ¿deberíamos sostener que desaparecieron las distinciones?, ¿que hoy casi todos los Estados de derecho son, en su estructura constitucional, sustancialmente “de izquierda”? ¿O bien —considerando que las posiciones que eran originalmente de izquierda fueron, poco a poco, “rebasadas por la izquierda” y se resbalaron a la derecha, pero sus razones ideales de fondo quedaron todas recuperadas y comprendidas en los documentos constitucionales— que casi todos son, simultáneamente, “de derecha y de izquierda”? Ambas conclusiones suenan extrañas o implausibles. Sin embargo, el rechazo total o parcial de los documentos internacionales de los derechos, por parte de movimientos políticos y también de algunos gobiernos actuales, me parece un símbolo claro de una política de derecha: es el caso de las potencias orientales que abrazan la bandera de los “valores asiáticos” y también (a pesar de las apariencias y de muchos autoengaños) de los diferentes comunitarismos, culturalismos y multiculturalismos que están de moda.

6 Aún más interesante, para una discusión sobre izquierda y democracia, es reconsiderar las divisiones históricas y los enfrentamientos entre las grandes identidades políticas. Los liberales clásicos desconfiaban del sufragio universal por el que combatían los demócratas del siglo XIX (y del XX por lo que hace al voto femenino), porque temían que el poder de mayoría proveniente de un electorado ampliado terminaría por limitar o sofocar las libertades individuales conquistadas por los “burgueses”. Los demócratas siempre han tenido temor de que, en los mismos espacios de libertad que defienden los liberales, germinaran poderes de hecho capaces de corromper y alterar la manifestación de la voluntad política de los ciudadanos, pero también desconfiaban de los movimientos radicales y revolucionarios de oposición socialista. Los socialistas de todas las especies por mucho tiempo consideraron que las reivindicaciones tanto de los liberales como de los demócratas eran ilusorias y ficticias, o incluso, engañosas y peligrosas. Todos contra todos, podríamos decir, durante gran parte del tiempo histórico de la modernidad: liberales antidemocráticos y, con mayor razón, antisocialistas; demócratas antiliberales pero también antisocialistas; socialistas antiliberales y, con frecuencia, antidemocráticos.

En la perspectiva del razonamiento que estoy desarrollando es particularmente relevante el análisis de las posiciones hostiles a la democracia: las cuales se encuentran tanto a la derecha, como a izquierda.

Siempre han existido, y seguirán existiendo, tanto derechas antidemocráticas, como izquierdas antidemocráticas; pero del mismo modo han existido y existen derechas democráticas e izquierdas democráticas. En suma, distinguimos comúnmente movimientos y partidos de derecha democráticos y antidemocráticos, movimientos y partidos de izquierda democráticos y antidemocráticos. Pero, si las cosas son así, si la antidemocracia no es, en cuanto tal, de derecha, entonces, ¿no deberíamos concluir que, per sé, la democracia no es de izquierda? O, mejor dicho, ¿no deberíamos sostener que ser democráticos no es ni de derecha ni de izquierda?

Pero, ¿de qué democracia estamos hablando?, ¿cuál es el concepto o concepción de la democracia que es compatible con estas afirmaciones? Evidentemente se trata de la “democracia formal”, definida como un conjunto de “reglas del juego” que representan las condiciones de la igualdad política de los individuos, esto es, de la igual dignidad (para contar y ser contados) de los ciudadanos de izquierda y de derecha: la democracia consiste en las reglas para la competencia equitativa y no violenta entre derecha(s) e izquierda(s) que buscan conquistar el poder de decisión colectiva (o mejor, que buscan conquistar la mayor fuerza numérica posible en los órganos de representación, para pesar en las decisiones políticas: debemos estar atentos para no reducir la democracia al mero poder de la mayoría; pero ahora no puedo detenerme en este tema). Si la(s) derecha(s) y la(s) izquierda(s) aceptan las reglas del juego democrático —esto es, reconocen la igualdad política de los ciudadanos, el derecho-poder igual de todos a participar en el proceso decisional, la igual dignidad de todas las opiniones, de izquierda y de derecha, que deben contar del mismo modo— son, ambas, democráticas. O bien: son democráticas aquellas derechas y aquellas izquierdas que aceptan competir con esas reglas; son antidemocráticas aquellas derechas y aquellas izquierdas que las rechazan, o que simulan aceptarlas pero juegan sucio, o que se niegan a reconocer los resultados que no las favorecen.

Asumiendo esta “definición procedimental” de democracia como conjunto de reglas del juego, como método para decidir, resulta claro que no solamente —como vimos al inicio— derecha e izquierda en tanto conceptos de lugar no se encuentran en el mismo plano que liberalismo, democracia, socialismo, en tanto conceptos de identidad política; sino que la propia democracia se ubica en una plano diferente al del liberalismo y del socialismo. La democracia se encuentra entre las formas políticas —formas de Estado, de gobierno, de régimen— en un nivel distinto al que corresponde a los contenidos políticos —modelos ideales de sociedad, programas de acción y de decisión— propuestos y promovidos por diversos partidos y movimientos de derecha y de izquierda: liberales y socialistas (o ecologistas, etcétera). La democracia, en tanto método para decidir, establece los sujetos y los modos de la decisión colectiva: a quién le corresponde decidir y cómo se debe decidir; liberalismo y socialismo (y cualquier movimiento o partido inspirado en otras ideologías) se definen y se distinguen en función de los fines alternativos, de derecha o de izquierda, que proponen a la decisión colectiva: sus programas establecen qué cosa se debería decidir para alcanzar estos fines.

Pero, antes, ¿no habíamos hablado de una ideología democrática, de movimientos y partidos democráticos, que han propuesto y repropuesto en diferentes momentos de la historia y en diversos lugares del mundo moderno el ideal de la igualdad política como fin a perseguir, como valor a realizar?, ¿un ideal específicamente distinto al de los otros partidos e ideologías pero, precisamente en cuanto tal, ubicado en el mismo plano, en el nivel de los fines y de los valores? Acaso todo esto, ¿no resulta incompatible con la noción de la democracia como método?, ¿qué es lo que tiene que ver la democracia formal con los contenidos de valor? La contradicción es sólo aparente. La democracia procedimental contiene en sí misma valores finales, no sólo instrumentales, que están representados precisamente en el reconocimiento de la (igual) dignidad política de los ciudadanos; pero el fin democrático de la igualdad política, por su propia naturaleza, no es un fin último, conclusivo y exclusivo. Cada uno de nosotros, que nos declaramos democráticos y, por tanto, creemos que la democracia es un valor, no podemos dejar de asumir otros valores, además del de la democracia como igualdad política: no podemos dejar de adoptar fines ulteriores, de derecha o de izquierda, que nos orientan en la elección del contenido de las decisiones que deben adoptarse mediante el método democrático, esto es, mediante las reglas que respetan y realizan el valor de la igualdad política. De esta manera, se confirma la distinción de nivel entre la democracia como método, por una parte, y el liberalismo y el socialismo (etcétera) como movimientos inspirados en valores ideales últimos, por la otra. Esto implica que la(s) derecha(s) y la(s) izquierda(s) pueden ambas reconocer el valor de la democracia como fin no-último y seguir siendo ellas mismas, es decir, diferentes y enfrentadas entre ellas en lo que se refiere a la persecución de sus propios fines últimos. Pero ello no quita, lo sabemos bien, que la lucha por la democracia, contra las derechas y las izquierdas antidemocráticas —contra los fascismos históricos europeos, contra las “dictaduras del proletariado” que, en realidad, eran autocracias de partido, contra las dictaduras militares latinoamericanas, contra los regímenes teocráticos, etcétera—, sea una lucha ideal, por un fin ideal, que representa un valor irrenunciable para quienes creen en ella.

Llegados a este punto, debemos preguntarnos: ¿en qué sentido podemos mantener la afirmación de que el valor de la democracia es un valor de izquierda?, ¿también las derechas que lo reconocen como un valor son, en este sentido, de izquierda?

7 La democracia se materializa, también según la concepción procedimental establecida por la “definición mínima” de Bobbio, en una forma de igualdad: la igualdad entre todos los que deben obedecer al poder político, en la participación directa o indirecta en el ejercicio de este mismo poder. Por lo tanto, al menos prima facie pertenece al universo de las ideas de valor que son patrimonio de la izquierda. La democracia, la conquista de la democracia, es un aspecto decisivo del proceso de emancipación, nunca terminado y siempre precario, al que han contribuido todos los movimientos que se han ubicado de vez en vez “a la izquierda” en el espacio político moderno. Pero, ¿qué decir de las derechas que aceptan esta idea de valor, o sea, la igualdad democrática, aunque sean en sus valores últimos antiigualitarias?, ¿debemos decir que estas “derechas democráticas” son de “izquierda”? A pesar de las objeciones predecibles y horrorizadas de sus miembros, y aunque parezca extraña, esta afirmación oximórica tiene pleno sentido, porque se fundamenta en la naturaleza esencialmente “relativa” de las nociones de “derecha” e “izquierda”. Las derechas democráticas están a la izquierda respecto de las derechas que se ubican a su derecha: es decir, de las derechas antidemocráticas hostiles a la igualdad política. En el mundo moderno, no sólo es el caso de los golpistas o de los autócratas de diverso origen, que se travisten de colores distintos, o de los presidentes presidencialistas autoritarios, y similares, sino también de todos los enemigos del principio de tolerancia: por ejemplo, los partidos religiosos que imponen la primacía de la ley divina —esto es, de sus propias convicciones morales— sobre la ley humana, con lo que dejan sin sentido a la participación igualitaria en el proceso decisional; o los movimientos que niegan los derechos políticos a los inmigrantes que residen de forma estable en un país, en Europa llamados “extracomunitarios”, en los Estados Unidos “hispanos”, etcétera.

La democracia es una forma, un método, una técnica para llegar a decisiones colectivas. Pero es una técnica que se escoge, respecto a otros métodos alternativos, con base en un criterio de valor no instrumental, el valor de la igualdad política: todos deben contar y ser igualmente contados. Este valor se asume como un fin por parte de los movimientos democráticos, pero no es, como hemos visto, un fin último: todos quieren contar para poder promover sus propios valores. Sin embargo, si bien no se trata de un fin último, tampoco es un simple medio para los fines últimos de cada persona, para los diferentes modelos de sociedad y programas políticos, para las diferentes metas que los diversos movimientos, partidos, ideologías proponen y persiguen. Para alcanzar estas metas podrían ser más eficaces otros medios no democráticos. De hecho, si observamos la historia del siglo XX, tenemos que los liberales conservadores “más de derecha”, y los socialistas colectivistas “más de izquierda” —según el esquema que reconstruimos en el apartado número 4: los defensores de la libertad para perseguir intereses económicos individuales, que se traduce en un privilegio, y los defensores de la dictadura del proletariado, que es la dictadura de su “vanguardia”, del partido único— no dudaron, en su momento, en optar por el método antidemocrático, por la imposición autoritaria. Y ambos terminaron por agotar la credibilidad de sus propios fines últimos y por desnaturalizar la identidad política que edificaron sobre los mismos: los miembros de los partidos liberales conservadores se convirtieron en fascistas o en aliados de los fascistas, esto es, del antiliberalismo; los partidos comunistas se transformaron en una casta autocrática monopolizadora del poder y del privilegio, esto es, en el antisocialismo. Reflexionar sobre estos destinos históricos nos llevaría muy lejos. Pero quiero sugerir la siguiente consideración, tal vez un poco obvia, tal vez algo aventurada.

Si la democracia no es un fin último, pero tampoco es un simple medio, es, más bien, un fin primero: irrenunciable para quien pretenda proponer sus propios valores ulteriores como fines últimos, como criterios de elección de un modelo de sociedad y de un programa político de decisiones colectivas. En particular, las decisiones que se inspiran en valores de alguna forma igualitarios no deben, no pueden, imponerse autocráticamente. Los individuos no tolerarán la imposición y, tarde o temprano, incluso después de setenta años, terminarán rebelándose. Es lo que llamo —con mucha cautela y con cierto escepticismo retrospectivo— “la lección de 1989”. Si 1789 construyó el espacio horizontal de la política, permitiendo lanzar el proceso de emancipación a lo largo del cual, no sin errores y horrores infinitos, muchos movimientos se encaminaron; 1989 demostró que ninguna meta, ningún fin que quiera proponerse como ideal, como idea reguladora para emancipar a los seres humanos puede perseguirse con la imposición. Mostró que se trataba de una contradicción.

8 Pero al 1989 lo han seguido las “desilusiones de la democracia”. De aquella revolución democrática y (casi) pacífica surgieron, en Europa del Este, regímenes que en su mayoría son impresentables, que sólo son democráticos en apariencia: se celebran elecciones y se otorgan poderes a los órganos electivos. Pero dentro de las vestimentas de la democracia habitan la corrupción y el autoritarismo, favorecidos por enormes concentraciones de poder en el vértice del sistema institucional y social, por presidencialismos superpersonalizados y por oligopolios afianzados a las mafias. En su base, estas pseudodemocracias aparentes carecen de garantías para los derechos fundamentales, de libertad y sociales, que son las precondiciones indispensables de las democracias efectivas. En situaciones como ésas, incluso las reglas del juego más elementales, aunque se apliquen en cierta medida, “saltan en el vacío”, no producen democracia. Podríamos realizar observaciones similares, dejando a salvo las grandes diferencias históricas, respecto de no pocos regímenes que surgieron con la llamada tercera ola en América Latina. Fatalmente, las desilusiones de la democracia han difundido nostalgias antidemocráticas. “Se estaba mejor cuando se estaba peor”. Y es difícil explicar que no es culpa de la democracia, sobre todo porque ésta no es democracia, o es una democracia coja, aparente, por debajo del umbral mínimo de aceptabilidad democrática. Y es así que la atmósfera de descontento ha favorecido a los demagogos, populistas o aprendices de brujo de la más variada ralea. Y en todas las latitudes. Un estudioso latinoamericano (Roberto Laserna) ha acuñado una expresión eficaz para representarlos: son los “consumidores de democracia”. Consumidores voraces, como las termitas.

Las desilusiones de la democracia deberían enmarcarse en los complejos y alternativos acontecimientos de la dialéctica entre derecha e izquierda de las últimas décadas, incluso antes de 1989. Para condensar un esquema de análisis en pocas frases sugiero un nuevo uso metafórico de la imagen inicial. Alrededor de la mitad de los años setenta se verificó algo que se parece a un derrumbe o desplome: como si el plano horizontal sobre el que fueron tomando posición, a la derecha y a la izquierda, las identidades políticas sustanciales protagonistas de la historia moderna, se hubiera inclinado a la derecha, hacia abajo. Todos o casi todos los partidos y los movimientos políticos han iniciado un deslizamiento hacia la derecha respecto de su propia ubicación original. Sobre la base de una profunda crisis cultural del valor de la igualdad, hemos asistido a la apología del mercado sin frenos, al nacimiento de neoliberalismos cada vez más agresivos, al ataque frontal contra los derechos sociales, que se ha reforzado con las dinámicas progresivas de la globalización. Por no hablar de las locuras que desencadenó el 11 de septiembre. Tal vez podemos representar la caída del Muro de Berlín como el derrumbe de una pared que ha favorecido, duele decirlo, no sólo y no tanto un diluvio de democracia, como muchos esperábamos, sino esta avalancha antiigualitaria de la cultura y de la práctica política. También los partidos y los movimientos de izquierda han comenzado a seguir a la derecha en la vertiente que lleva al deslizamiento general hacia la derecha; y, cambiando de posiciones, se han transformado, han cambiado de identidad. Algunos, para no ser arrastrados por los escombros del muro, incluso han cambiado de nombre. Así, mientras las derechas caminan cada vez más hacia la derecha y algunas se salen de la democracia —pero llevándose consigo los vestidos, para cubrir con el consenso electoral, obtenido mediante las técnicas del populismo mediático, personajes y programas vergonzosos: jefes carismáticos grotescos y mezclados con un capitalismo salvaje y con un racismo xenófobo—, a la izquierda del espectro tradicional de las fuerzas políticas se ha generado un vacío. Situación inédita y paradójica: precisamente en el momento en el que explotaron de manera clamorosa las desigualdades globales, casi todos los partidos de la (¿ex?)izquierda dejaban de orientar su camino con la “estrella polar” de la igualdad (Bobbio), proclamando en tonos muy ambiguos la necesidad de una “revolución liberal” o de una “tercera vía”.

En el “vacío a la izquierda”, esto es, en el espacio que dejaron libre los partidos de ascendencia socialista, casi todos despeñados a la derecha, hemos visto el surgimiento de iniciativas más o menos espontáneas, con frecuencia confusas. El fenómeno más relevante ha sido el de las reivindicaciones comunitarias, culturalistas y etnicistas: el opuesto especular, podría decirse, de las xenofobias de extrema derecha. Una imagen radicalmente invertida pero, de nuevo duele decirlo, también una semejanza peligrosa. Algunos de estos movimientos han experimentado formas de democracia “directa” o “participativa” pero que están marcadas por sombras de ambigüedad, debidas a una equivocada compresión, o en algunos casos al desprecio, del patrimonio de las técnicas de garantía democrática que son producto de la experiencia histórica del constitucionalismo. Pero no podemos desconocer que a pesar de otras sombras, confusiones, ambigüedades, las razones igualitarias de la izquierda han sido retomadas y defendidas por la llamada “sociedad civil global”. Seguramente no por los partidos y movimientos que ocupan la escena en los sistemas políticos locales de los diferentes países. Hoy las personas “de izquierda y democráticas” no logran reconocerse sin problemas en ninguno de los sujetos políticos supuestamente “de izquierda” que compiten por el consenso electoral.

9 Pero finjamos que no es así. Para concluir quiero proponer un experimento mental. Imaginemos que en una competencia electoral participa un partido o una coalición que tiene una orientación ideal y un programa político que puede ser aceptado con plena convicción por las personas que se consideran “democráticas y de izquierda”. En el ángulo opuesto se presenta un partido o coalición claramente de derecha, por si fuera poco apoyado por jerarquías eclesiásticas reaccionarias y por oligarquías económico-sociales inquietantes, peligrosas para la supervivencia de la democracia misma. La atmósfera está nublada, la campaña electoral es desagradable. Pero, por lo menos, las reglas elementales del juego, en el momento del voto, se respetan. El partido de izquierda pierde por un margen estrecho. ¿Qué hacer? No aceptar la derrota, desconocer el resultado, no frenará la degeneración de la democracia que las personas de izquierda temen que se verifique, o que se agrave, con la derecha en el poder. Por el contrario. La “lección de 1989”, y paradójicamente también la que puede obtenerse de las “desilusiones” que la siguieron, nos enseñan que no debemos tirar por la borda ni siquiera las apariencias de la democracia. Lo que se necesita es luchar para transformar esas apariencias en realidades —o, dicho de una forma más realista, para que la democracia sea menos aparente— generando movimientos de opinión a favor de la garantía de los derechos fundamentales: de libertad, de educación adecuada y de información equilibrada; de la división y el equilibrio de los poderes; de una forma de gobierno que no sea proclive al autoritarismo y a la personalización de la vida política. Luchar con la única arma de la democracia: la persuasión. Incluso ante nosotros mismos. Para evitar que la democracia aparente, ya muy débil, empeore aún más, convirtiéndose en una democracia desmoralizada

LAS PRUEBAS DE LÓPEZ


JORGE ALCOCER

Hay abogados que creen que los jueces, para decidir, pesan en una báscula el expediente y las pruebas ofrecidas por los quejosos. Con ese criterio parecen haber actuado quienes redactaron el juicio de inconformidad mediante el cual el Movimiento Progresista y su candidato solicitan a la Sala Superior del TEPJF la nulidad de la elección presidencial y la declaración de invalidez de la misma.
Una obligada precisión: si la elección fuese declarada nula, no ha lugar a emitir declaración alguna; debe repetirse, punto. En cambio, si el resultado es válido, la Sala Superior deberá emitir la declaración respectiva y entregar la constancia de mayoría al Presidente electo.
Para emitir su sentencia, los magistrados tendrán que desahogar, primero, los juicios de inconformidad distritales; si llegasen a anular el 25% o más del total de casillas, toda la elección será nula. En total, se presentaron 355 de esos juicios.
El juicio de inconformidad por nulidad total comprende 638 páginas, más un alcance; las pruebas ofrecidas se describen de la página 518 a la 637.
De las 82 pruebas ofrecidas, hay una que se vincula de manera directa con la denuncia de compra de voto; es la número 80, consistente en 3,564 tarjetas de Soriana-CTM, y tres tarjetas telefónicas con la foto de Enrique Peña Nieto. Además, en la 54 se ofrece copia de un contrato de asociación celebrado por José Luis Ponce de Aquino con diversas personas, sin describir su contenido, y en la 63 se pide al TEPJF requiera a una Corte de California el expediente de un juicio en trámite sobre el asunto.
Aunque no se incluyen en la lista de pruebas, en el juicio se relacionan facturas expedidas por Monex a dos empresas cuyo domicilio fiscal es falso, Inizzio y Epfra, por un importe de 179.6 millones de pesos. Supongo que al asunto asocian la prueba 44, consistente en que el Banco de México informe sobre el circulante monetario (billetes y monedas).
De las otras 78 pruebas, 33 son escritos de queja presentados antes y después de la jornada electoral por el Movimiento Progresista, por el PAN u otras personas, incluyendo la "instrumental de actuaciones", que consiste en que el IFE informe lo hasta ahora actuado respecto a esas quejas.
Las demás pruebas consisten en videos (testigos) de noticieros de radio y TV, con los que se pretende comprobar inequidad informativa, y otros con los que se pretende dar fuerza indiciaria a denuncias previas sobre el mismo asunto, incluyendo documentos de Wikileaks y transcripciones, tomadas de internet, del diario londinense The Guardian.
Se presentó también un elevado número de recortes con notas de diarios y portales de internet, de Reforma, Universal y Jornada; del diario Milenio se incluyeron las ediciones del 30 de marzo al 27 de junio.
Entre las pruebas hay videos que circularon en la red, con testimonios de compra de votos, y un acta notarial que da fe de los dichos de 22 personas sobre ese asunto; también se incluyen las encuestas de GEA-ISA; Consulta; Covarrubias; Parametría y Berumen, a las que asocia un escrito sobre lo que en Estados Unidos se denomina efecto Bandwagon (arrastre) que las encuestas habrían provocado en los electores.
En los alegatos es notoria la reiteración de hechos y agravios, sin más sustento que los dichos vertidos por los quejosos. En los dos asuntos centrales -Monex y Soriana- hay elementos e indicios que son -creo- insuficientes para demostrar que la supuesta compra del voto resultó determinante del resultado. Habrá que esperar los informes de la Unidad de Fiscalización del IFE, y de la FEPADE, para valorar la contundencia de las pruebas ofrecidas.
Una cosa es decir que en las elecciones se violaron principios constitucionales, y otra es demostrarlo. Aunque en el juicio se invocan sentencias previas del TEPJF, lo cierto es que dos de ellas (Yurécuaro y Zimapán) atendieron la violación del artículo 130 constitucional (separación Estado-Iglesias) y otra fue la polémica nulidad en Morelia, cuyos alegatos la Sala Superior no admitió en la elección de gobernador de Michoacán.
Aunque los magistrados pueden suplir la deficiencia de la queja, lo que no pueden es convertirse en abogados del quejoso.