jueves, 15 de agosto de 2013

VIOLENCIA E INDEFENSIÓN*

JOSÉ WOLDENBERG

Una ficción lúgubre alejada mil kilómetros de las fórmulas del melodrama, ese género que subraya las emociones hasta el paroxismo, es Heli la película de Amat Escalante. El lenguaje contenido, frío, distante (más los largos planos-secuencias), construye un universo cerrado, sin escapes, que ilustra una historia de muerte y destrucción.

Heli es un obrero joven que vive con su mujer y su hijo pequeño en la casa paterna. Su padre, también obrero -¿viudo?, ¿abandonado?- y su hermana (Estela) de 12 años completan el círculo familiar. Rutina, inercia, carencia de horizonte tiñen la vida y relaciones de todos ellos. Algo, sin embargo sabemos, acabó con ese estado de indolencia petrificada. El relato se inicia con una escalofriante secuencia que va de la presentación de dos jóvenes amarrados, amordazados y madreados, tirados sobre el piso de una camioneta pick up y la bota que descansa sobre el rostro de uno de ellos, hasta que a uno, en operación relámpago, lo cuelgan de un puente peatonal. La película develará los antecedentes de ese acto de sevicia y sus derivaciones.

El disparador de la tragedia es una mezcla de sueño infantil y estupidez machista, en el marco de una sociedad penetrada por las rutinas del tráfico de drogas y su combate. El novio de Estela, un cadete que se prepara para convertirse en soldado, tiene la "brillante" idea de robar unos paquetes de coca que le servirán para escapar con su pareja hacia otro mundo (Zacatecas). Ella, una niña, soñadora, ingenua, da por bueno el proyecto descabellado. A partir de ese momento la vida se convertirá en una implacable y tenaz trituradora.

La ficción quiere alcanzar la contundencia y la crudeza del documental. Para ello prescinde de todo maquillaje sobre eso que llamamos realidad. Nada de edulcorar, modelar o enriquecer los paisajes, los diálogos, los personajes. El trabajo es cansado, opresivo, enajenante; las relaciones familiares rutinarias, insípidas, tensas; las conversaciones parcas, superficiales, huecas. Se instala una especie de sin sentido en el día a día que es el que marca el paso de las horas, los meses, los años. No hay moraleja, solo tragedia. Unas fuerzas infinitamente superiores a las de la frágil familia desatarán una venganza bestial.

Los actores, al parecer, no lo son. Sus presencias remiten a nuestros semejantes, no a esas figuras por encima del resto de los mortales que suelen ser los actores famosos. No irradian esa aura de sofisticación y encanto que Hollywood expandió al mundo. Se parecen a los hombres y mujeres que vemos en las calles, los mercados, las plazas. Ello refuerza el tono documental de la ficción, la convención de que estamos frente a una historia "real" que ha prescindido de la truculencia propia del cine. (Ello también -creo- hace más flojas algunas escenas, como la del diálogo de Heli y la detective en el coche o la de la violencia de él contra su mujer, pero en fin...).

Heli se emparenta con Miss bala, la película de Gerardo Naranjo (2011). En ambas, personajes inocentes son succionados por espirales de violencia que no entienden y sobre las cuales no tienen control alguno. Cae sobre ellos la fatalidad por el simple y contundente hecho de estar en el lugar incorrecto en el momento incorrecto. Ese momento y ese lugar son en buena medida el México de hoy.

La violencia es la constante. Desde la violencia light (si así se le puede llamar) que existe en las relaciones familiares hasta la violencia extrema que los sicarios desencadenan contra Beto, Heli y Estela, pasando por la violencia "institucional" que aplican los instructores militares a los aspirantes a soldados. La primera es un fruto maduro de la impotencia y el malestar sordo, convive con una especie de amor y solidaridad, con gestos de cariño y momentos de tensión. Se desata y cesa intempestivamente. Es parte del paisaje. La violencia animal, la que le aplican de manera metódica e insensible a Heli y a Beto, es el escarmiento desmedido para "disciplinar" o acabar con los que osaron invadir un territorio vedado. Jóvenes como ellos los torturan ante la mirada inane de unos niños que colocan su vista sucesivamente en los juegos de la televisión y en el ritual sangriento, antes de que alguno de ellos se incorpore a jugar el rol de verdugo. La presencia en segundo plano de una señora mayor -la madre de alguno de ellos- que contempla resignada e impotente la locura criminal de alguno de sus vástagos da el toque más perturbador a la escena. ¿Será el nuevo icono de la madrecita mexicana: contemporizadora con sus hijitos torturadores? A ello hay que agregar la agresión sexual sugerida, no explícita, sobre Estela. Y la violencia "educativa", la que se ejerce para "capacitar" a los soldados, un rito iniciático que supone degradación y humillación ante los superiores jerárquicos. Un expediente para "hacer hombres", capaces de revolcarse ante sus propios vómitos, para establecer sin duda alguna quién manda y quiénes obedecen.

Una película desoladora. Sin afeites. Cruda.

*Reforma 15-08-13

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