martes, 11 de diciembre de 2012

EL APLAUSO AL DÉFICIT CERO

RICARDO BECERRA LAGUNA

Resultó desconcertante -y también alucinante- ver allí, en plena ceremonia de asunción presidencial, en Palacio Nacional, a tantas gentes importantes, respetables, inteligentes, aplaudiendo el consabido anuncio del déficit cero.

¡Es como si un público tan selecto celebrara y no cupiera de felicidad porque el Presidente hubiese pregonado: “la tasa de interés será del 3 por ciento”, “el gasto del gobierno llegará a 3 billones” o que “nuestro barril de crudo se costeara a 85 dólares”! ¿Quién en su sano juicio armaría un jolgorio tan solemne por semejantes definiciones financieras y contables?
Quiero decir: tener déficit o no, es sencillamente un instrumento, una herramienta, a la que se decide echar mano o no, pero nunca una meta inalienable de la República, un propósito nacional, un fin en sí mismo.   
Ocurrió al llegar la décima segunda decisión. El Presidente Peña Nieto puso entonces una entonación y un énfasis serio, casi sacramental: “Hoy, México es un país reconocido por su estabilidad macroeconómica. En mi Gobierno el manejo responsable de las finanzas públicas será la base…. Por ello, en los próximos días pondré a consideración del Congreso de la Unión el paquete económico 2013, con un cero déficit presupuestal”… así lo dijo.
Fue entonces que el respetable se abalanzó en una fuerte y decidida ovación, como si acabara de escuchar una medida quimérica que viniera a romper alguna vieja maldición histórica.
Nada de eso: lo que realmente estábamos oyendo era una definición administrativa, un ingrediente –entre otros- de la política económica; un instrumento técnico al que por ideología, burocracia y argucia legal el Presidente estaba renunciando, eso sí, entre felicitaciones y cumplidos.
Déficit cero para la dudosa satisfacción de unos mercados tan devastadores como caprichosos, pero no para las necesidades de la sociedad ni del crecimiento.
Déficit cero que por lo demás tiene tres graves implicaciones políticas y económicas a saber: la falsedad básica que hay en su promesa; lo mal que encaja en el resto del programa de cambios enunciados por el Presidente en su mismo discurso inaugural y, la riesgosa apuesta a la que el Presidente se empeña, pues la consecución del cero déficit es difícil y altamente incierta. Veamos.     
Primero: se supone –la Ley de Responsabilidad Hacendaria y los defensores del planteamiento suponen- que la deuda estatal desplaza injustamente las cargas de los mexicanos de hoy, a la siguiente generación. Esto es cierto sólo si los préstamos adquiridos se utilizan para financiar gastos corrientes (incremento de la burocracia por ejemplo), pero nunca se habla del reverso de la cuestión: resulta altamente equitativo y justo, distribuir el gasto de la inversión en educación, tecnología e infraestructuras –por ejemplo-. La deuda impacta en esta y en las generaciones por venir, que también resultarán beneficiadas (el asunto de los trenes o de los hospitales es un buen ejemplo). Si vemos las cosas así, la peor decisión es no hacer la inversión, abstenerse de tomar una deuda razonable, pues se deja de empujar y al hacerlo, se estrangula el crecimiento presente.
La famosa “responsabilidad hacendaria” a raja tabla, es su revés: es vaciar las posibilidades del desarrollo, de la expansión, de la generación de riqueza nueva, en aras de presentar cuentas redondas en busca del incierto premio de los mercados a los socios bien portados.  
Segundo: si algo, el discurso de Peña Nieto está dotado de horizonte y ambición: un gran piso de seguridad material para los mexicanos, a las madres, jefas de familia, a los más viejos, a los desempleados; incorporar el sur más atrasado al mercado mundial; tejidos estratégicos de trenes modernos y otras redes de movilidad en las principales ciudades del país, entre otros grandes proyectos deseables y aún, verosímiles. ¿Y de donde saldrá el dinero para financiarlos? De una enorme operación de compresión y reacomodo del gasto (cosa que no contiene la propuesta de Presupuesto 2013) o de la contratación de fondos mediante deuda.
¿Lo ven? El dogma del déficit cero no embona, es disonante y contraproducente a una idea de gobierno que se propone edificar y construir una nueva realidad material para el país, y que lo quiere pronto.       
Finalmente: además de todo, resulta un corsé autoimpuesto muy difícil de cumplir. El famoso déficit cero ordenado por la loca Ley de Presupuesto, (y que la crisis de 2008 y 2009 lo demostró claramente inviable) no es tal, pues si consideramos la inversión real de Pemex, las finanzas cargan ya de suyo, con un déficit del orden del dos por ciento del PIB (unos 330 mil millones de pesos).
Y las cosas cuadran aún menos si nos fijamos en la rotunda variable de los Estados Unidos.
De modo muy acomodaticio, el Presupuesto mexicano 2013 supone que los vecinos del norte no tienen los problemas que tienen, que Obama además de todo es mago y que crecerán 2.6 por ciento, con lo que se mantendrá el jalón extraordinario a nuestras exportaciones.
Pero resulta que Obama y los republicanos se abrazan ahora mismo en puja clásica en el borde de su "precipicio fiscal". Según un informe del Joint Comittee on Taxation del Congreso Norteamericano (https://www.jct.gov) en el 2013 sobrevendrán medidas fiscales como el incremento de tasas del impuesto sobre la renta (de 35 a 39.6%); se incrementarán las cuotas de seguridad social; se recortará el gasto civil y de defensa en unos 110 mil millones de dólares, además de rebajar la ayuda a los desempleados. O sea: lo más probable es que el consumo estadounidense se verá mermado y con ello el crecimiento, -y con ello- nuestro propio crecimiento.
Una vez más, si eso ocurre, el gobierno de Peña tendrá que hacer una revisión prácticamente de todo su proyecto, de sus trece decisiones y claro, del presupuesto mismo: o resignarse e un crecimiento económico menor o abandonar el lastre del déficit cero para compensar con deuda los ingresos que de otro modo se verían inevitablemente enanizados.
No quiero ser aguafiestas: quiero discutir para extirpar las malas ideas que hay en el programa anunciado y en el Pacto confeccionado casi milagrosamente, por las tres fuerzas políticas y la Presidencia del país. 
Pero no nos engañemos: muy a pesar de las jaculatorias de Forbes y de The Economist, México no es el león económico agazapado que se dispone a saltar. Calderón no deja buenas cuentas económicas: 1.9 por ciento de crecimiento anual en su periodo (el más bajo de los últimos 4 sexenios). En contraparte, la tasa de crecimiento de la población rondó el 1.4 por ciento. Esto quiere decir que el ingreso per cápita arañó poco menos de 0.5 en el último sexenio.
Díganos respetable auditorio, sus señorías: ¿es ésta la sociedad sólida, cohesionada, lista que puede vivir con el déficit cero?
Al menos… es de buen gusto, no aplaudir.

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