sábado, 20 de octubre de 2012

DE MÁRMOL Y BRONCE


CARMEN ARISTEGUI

¿Y éste quién es?, es lo que se escucha entre quienes pasan a pie o en automóviles frente al recién remodelado parquecillo que se encuentra entre Reforma y Ghandi, en pleno Chapultepec, en la Ciudad de México. Es la frase de los que observan o ven de reojo a un personaje a quien se erigió una monumental estatua de bronce, sentada en una silla del mismo metal que soporta una gran plancha de mármol blanco y cuyo nombre -desconocido para la mayoría- brilla al sol en letras de oro.

La ubicación se encuentra en un sitio de privilegio. Vecina, en la zona, a la de Mahatma Ghandi, a la de Winston Churchill y a la cabeza de Luis Donaldo Colosio. Acompañada por el museo Tamayo y en las inmediaciones de la polémica Estela de Luz, la estatua del hombre en la silla ha empezado a causar problemas y polémica.

La identidad corresponde a Heydar Aliyev, el fallecido ex presidente de Azerbaiyán, considerado por intelectuales, periodistas y críticos como un gobernante autoritario, antidemocrático y violador de los derechos humanos. Lo identifican, en la historia del Cáucaso, simple y llanamente, como un dictador.

Miembro activo de la KGB en los años sesenta. Secretario del Partido Comunista desde el cual gobernó hasta la disolución de la Unión Soviética. Al fin de la Guerra Fría, continuó gobernando, convertido, entonces, en presidente de Azerbaiyán.

Para describir el perfil de Aliyev, se ha recurrido, en estos días, al obituario publicado en NYT. Gobierno de 30 años, caracterizado por "frecuentes irregularidades electorales, violaciones a los derechos humanos y una prensa amordazada". Descrito como personaje autoritario, que gobernó "con mano de hierro" en medio de un clima de "corrupción, amiguismo e incompetencia", amén del culto a la personalidad registrado en "ciudades y pueblos", decoradas con retratos e imágenes del personaje.

La estatua provoca en los más curiosidad. En los menos, pero que van en aumento, indignación. Se suman voces que alertan al resto de que no es aceptable una estatua así en nuestra ciudad.

Personajes de relevancia pública han llamado la atención sobre el tema. No pueden sino ser sino escuchados.

José Sarukhán, Jean Meyer, Homero Aridjis, Jacobo Dayán, director de contenidos del Museo Memoria y Tolerancia, Guillermo Osorno, editor de Gatopardo, y Andrés Lajous, entre otras voces, se han pronunciado y escrito sobre el tema Azerbaiyán y el activismo diplomático que se ha desplegado en México, con aportaciones millonarias de un régimen que busca ser considerado como "una joven democracia".

Son voces que se inconforman, no solo por la estatua de Reforma sino por el monumento y la placa colocados en la remodelada plaza de Tlaxcoaque dedicados a la matanza de Jodyali, a la que han llamado genocidio, abriendo -con ello- otro punto de debate.

El doctor Sarukhan, investigador emérito de la UNAM, escribió en marzo de éste año en El Universal el texto "Ignorar la historia". Si bien no aludía a la estatua ni al monumento y placa en Tlaxcoaque (cuya redacción insólita -más allá del contenido- quedó inscrita también en letras de bronce) porque aún no habían sido inaugurados ni dados a conocer, sí se pronunció acerca lo que llamo "cabildeo de la embajada azerí en las Cámaras de Diputados y Senadores", poniendo en cuestión, entre otras cosas, que se llame "genocidio" a lo de Jodyali. "Ahí murieron 613 personas azeríes, lo cual, sin duda, es desafortunado desde cualquier punto de vista. Pero igualmente murieron miles de civiles armenios en otros combates de este tiempo".

Por su parte, Jacobo Dayán, sin negar que la matanza ocurrida en febrero de 1992 es condenable, también opina que usar la palabra genocidio para Jodyali en la placa alusiva en Tlaxcoaque es, como la estatua de Aliyev en Reforma, un asunto inaceptable.

El punto es que las obras de remodelación e instalación de los monumentos fueron financiadas por el gobierno de Azerbaiyán encabezado, por cierto, por el hijo del Heyder Aliyev, el hombre de la estatua. La donación rondó los seis millones de dólares. Fácil no está, porque todo ya esta instalado.

¿Puede un gobernante rectificar después de una decisión tomada, aunque esto implique quitar o modificar la placa de un monumento y retirar una enorme estatua de bronce y mármol acompañada con letras de oro instalada ya en una avenida principal? Pues sí. Eso es lo que se le pide al gobierno de Marcelo Ebrard. No sería la primera vez en el mundo, ni en México, que se retiren estatuas y monumentos.

Lo hemos visto bajo mandato legal, tal como ocurrió en España para erradicar los símbolos del franquismo. Hay registro de asaltos airados que tumban estatuas a manos de quienes sienten agravio en lugar de veneración.

No parece ser el caso para un personaje como Heydar Aliyev -en México prácticamente desconocido.

Las voces que se han expresado lo han hecho de forma crítica y civilizada desde una revisión informada e histórica sobre lo que el personaje representa.

Lo que se pide a un gobierno es que reconsidere una decisión que ha tomado por sorpresa a la población y ha provocado estas reacciones tan adversas. Homero Aridjis se pregunta, por ejemplo, "¿por qué, sin ningún consenso o preguntas a la población, ponen esta estatua del dictador?".

Corregir el despropósito es una buena manera de concluir una gestión, en lo general exitosa, al frente de la capital. Sobre todo si, a partir de ello, se pretende forjar una candidatura presidencial.

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