miércoles, 2 de febrero de 2011

GUERRERO: ¿QUIÉN GANA?

RODRIGO MORALES MANZANARES

Si alguien hace cuatro años hubiera descrito las elecciones del pasado domingo, sin duda hubiera sido tildado de loco. Quizás primero hubiera escrito que la contienda sería entre un senador priista con licencia y un ex alcalde tricolor; que el abanderado panista hubiera declinado a favor del priista; tendría que decir también que el senador, que ya había desempeñado prácticamente todos los cargos en su entidad, y de la que llegó a ser gobernador, era impulsado por la coalición gobernante en el estado (PRD, PT, Convergencia). Las nuevas primarias del PRI organizadas por la autoridad electoral local. “Legítimos” y “espurios” de la mano contra el PRI, con un priista como abanderado. Acaso esa sentencia hubiera bastado para descalificar tal premonición. Sin duda las cosas han cambiado en los últimos cuatro años, el contexto es diferente, sí, pero el punto es si vamos en la dirección adecuada. Me temo que no. En lugar de que el proceso de institucionalización de la política se hubiera visto acompañado por una depuración de las ofertas, una consolidación de los referentes partidarios, lo que tenemos es un pragmatismo exacerbado que sacrifica cualquier guiño de congruencia en aras de competir y ganar. No importa nada más. Pero, si en el mundo de los actores se ha instalado un pragmatismo sin límites, en el de las instituciones las cosas no van mejor. En lugar de que la sacudida de 2006 se hubiera significado por un fortalecimiento del arbitraje político, lo que hoy tenemos es una insolvencia institucional para resolver los diferendos políticos. Al decir de los diferentes reportes periodísticos, y las quejas interpuestas por los partidos, las autoridades no consiguieron inhibir los abusos de los contendientes. Así, la apuesta para que las aguas no se desborden parece ser el nocaut. Si los recientes comicios hubieran tenido un escaso margen de diferencia entre el primero y el segundo lugar, hoy estaríamos lamentando la ausencia de mecanismos institucionales adecuados para procesar el conflicto. Tenemos además una preocupante pérdida de capacidad predictiva de las encuestas. Hoy, el día de la jornada electoral puede ocurrir casi cualquier cosa. De nuevo, hace cuatro años, el pronóstico hubiera dicho que tendríamos partidos más consolidados, estrategias fundadas en una diferenciación programática, y un fortalecimiento político de las instituciones electorales. Sin embargo, lo que padecemos hoy, es un pragmatismo rampante, que lo que encumbra es a caudillos, sin referentes partidistas sólidos. Es decir, el federalismo que estamos construyendo a partir del pragmatismo electoral es un arreglo que hace cada vez más lejana la institucionalización y más cotidiana la negociación casuística. Pero no sólo eso, la centralidad que los partidos le confieren a los eventos electorales sistemáticamente nubla y contamina el desahogo de una agenda de colaboración; los temas legislativos cotidianamente quedan sujetos a los resultados que se obtengan en las urnas. Las distorsiones son evidentes. Postergar las negociaciones, o aun cancelarlas en aras de los comicios, es un vicio muy arraigado entre nosotros. Lástima. En fin, lo celebrable de las elecciones en Guerrero es que la violencia no se desbordó. Casi todo lo demás es ominoso y preocupante: partidos con una identidad casi inexistente y caudillos con un poder cada vez más relevante. ¿Quién gana?

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