lunes, 8 de noviembre de 2010

LOS REAPARECIDOS DE SIEMPRE

ROLANDO CORDERA CAMPOS

Los informes sobre la situación social en México y América Latina no concuerdan con el curioso cántico a las clases medias desatado en fechas recientes. El redescubrimiento de estas últimas, basado en debatibles cálculos de consumo e ingreso, parece más bien ir dirigido a la invención de una plataforma electoral para 2012 (en el caso de México) y, para el conjunto de la región, a recrear las hipótesis sobre las virtudes del modelo” preconizado por el Consenso de Washington, las cuales, como se dijo en el pasado, por ejemplo al calor del desplome ruso, sólo requerirían para volverse una realidad de paciencia popular y consistencia de los políticos.
Seguramente esta vasta operación creativa de imagen y conceptos se verá reforzada por la lección estadunidense, que guiada por el populismo más perverso de que se tenga memoria, dio al presidente Obama un severo revés en sus planes de reforma tranquila basada en el consenso. Lo que triunfó el martes 2 de noviembre son los muertos de la derecha que, como vimos, gozan de cabal salud y tratarán ahora, de nuevo, de imponerle a la sociedad estadunidense un “contrato social” sustentado en sus creencias milenaristas, el horror por las libertades civiles de nueva generación y, con toda evidencia, el respeto y la reverencia al gran dinero.
Fue esta combinación de ultraderecha cultural y extrema voluntad revolucionaria de “volver al origen”, lo que le dio al neoliberalismo su poderío para convertirlo no sólo hegemónico en la economía política global, sino una auténtica y ominosa revolución cultural que el mundo, a pesar de la profundidad de la crisis, no sólo no ha dejado atrás, sino a la que al parecer se aferra ante la incertidumbre rampante y la carencia de liderazgos bien asentados en el amplio y variado campo progresista.
Lo que manda así, es la “revolución de los ricos” a toda máquina, mientras que el reclamo de los no ricos, que constituyen la mayoría, es ahogado por la dubitación y sofocado por la ineficacia ideológica de las viejas y veneradas figuras heredadas del New Deal y la socialdemocracia. En nuestro caso, la capacidad de los sectores medios para sobrevivir como tales se puso en duda en algún momento de las tormentas inflacionarias y devaluatorias del pasado, y se volvió a plantear a finales de siglo con el “error de diciembre”, cuya superación pasó por la quiebra de miles de ahorradores y recientemente estrenados dueños de casa.
Sin embargo, nadie o muy pocos adelantaron en aquellos duros años la idea de que en el país se imponía una tendencia al empobrecimiento absoluto, lo que hubiese traído consigo la demolición de la clase media. Lo que sí ocurrió y no ha dejado de ocurrir, es que sus modos de sobrevivir como tales se modificaron y angostaron, no tanto por la inflación que los asolara en los años 80 del siglo XX, sino por la precariedad laboral, las nuevas concentraciones financieras y económicas y el encarecimiento de algunos de sus bienes básicos, como la salud y la educación privadas.
Gracias a la apertura comercial y a los grandes saltos globales en la productividad que propiciaron la reducción de los precios de los bienes durables de consumo, no sólo los grupos medios, sino significativas camadas de los estratos pobres se incorporaron o mantuvieron en el “consumo planetario”, como lo llamara Fernando Fajnzylber, pero este tipo de consumo por sí solo no es suficiente para subsanar las carencias determinadas por los niveles de ingreso y la falta de otros apoyo para el consumo social. El crédito a los pobres y empobrecidos con el que han hecho fortunas las grandes cadenas y casas de empeño disfrazadas, sin duda ha relajado algunas de estas restricciones primarias, pero no ha cambiado de fondo la estructura social imperante, articulada por una enorme concentración en la cumbre.
La pirámide sigue ahí, con una base extensa de bajos y muy bajos ingresos, y la distancia también, incluso en los deciles de ingresos superiores, donde el uno por ciento más rico poco tiene qué ver con los que lo siguen. Si a esto agregamos el alto grado de subregistro en los ingresos súper altos, tendremos una idea más completa y compleja de lo que ha ocurrido con las clases y los estratos de nuestra sociedad, todavía abrumados en su mayoría por la inseguridad laboral y social y la prepotencia de los muy ricos.
Las perspectivas generales de la economía y el desarrollo social no son halagüeñas y, por tanto, las de los grupos medios tampoco lo son. Esto no implica, sin embargo, que lo que tengan a la vuelta de la esquina sea su proletarización, que en México todavía quiere decir caer en un abismo en ingreso, bienestar y seguridad.
El lema de campaña de López Obrador en 2006 fue “por el bien de todos, primero los pobres”, lo que permitió a los publicistas del flanco derecho afirmar que Andrés Manuel no registraba a las clases medias e incluso representaba una amenaza para ellos. No había tal, aunque la argumentación en torno a la ecuación completa (“por el bien de todos”) haya sido deficiente.
Convocar a las clases medias en este momento de desazón, temor y violencia generalizada a “olvidarse de los pobres y la pobreza” sólo puede implicar convocarlos a una movilización supuestamente defensiva, que siempre acaba sirviendo a quienes no quieren oír palabra alguna sobre la desigualdad y la injusticia: el rumbo de un Estado autoritario arrepentido de haber querido ser, alguna vez, también socialmente incluyente. El Tea Party con chaparreras y silla lujosa de montar.

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