lunes, 21 de marzo de 2011

TIEMPOS FINALES

ROLANDO CORDERA CAMPOS

Vivimos tiempos finales de la formación estatal mexicana. Con el fin del presidencialismo económico que tuvo lugar en la última década del siglo XX, la economía fue reconfigurada como economía abierta y de mercado, e inscrita con enjundia en el marco institucional del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Se iniciaba así la era de la normalización de México, para apresurar su entrada al nuevo y salvaje mundo global. Con esto, se imaginaba el inicio de una etapa de progreso material que la competencia ampliada y sin barreras fortalecería hasta asegurar su reproducción permanente e imponente. México podía no sólo soñar sino aspirar con realismo a incorporarse a lo que se entendía como el primer mundo, aunque para muchos de aquellos entusiastas esa latitud imaginaria terminara en Houston. El cerrojo impuesto a la hegemonía presidencial con las reformas de mercado que hasta la Constitución llegaron, quisieron coronarse con la firma de dicho tratado y posteriormente con una ley de supuesta responsabilidad hacendaria con la que se quiso maniatar no sólo a la Presidencia de la República sino al Congreso de la Unión en pleno, despojándolo de las pocas posibilidades con que ha contado para participar activamente en la factura y la conducción de la política económica. Con la política fiscal bajo estricto y legal recaudo, el reinado de la política monetaria afianzado por la autonomía del Banco de México se volvió absoluto, quedando a la soberanía popular una cada vez más patética disputa por las migajas presupuestales, aderezadas de vez en vez por los excedentes petroleros para de inmediato ser malgastados por los nuevos barones del mercado político abierto por la democracia apenas alcanzada. Estos baronatos, que se sueñan autónomos e incuestionados, aunque sus secretarios de finanzas sigan haciendo la vergonzosa antesala en Hacienda, se han convertido a su vez en una mezcla confusa de poderes de hecho y poderes constituidos, a partir de la cual pretenden marcar la pauta del ejercicio democrático y ponerlo a su servicio. Tan sólo con intentarlo, estas figuras del federalismo salvaje en que desembocaron años de búsqueda de una descentralización más o menos sensata, vacían de contenido a la propia democracia cuya capacidad representativa de los sentimientos de la nación aparece mermada, cuando no inexistente, como podría argumentarse a partir del examen de los presupuestos y su ejercicio, de las decisiones que a diario se toman sobre Pemex o la energía en su conjunto, o de la endiablada cuestión de las comunicaciones donde priva la ley de la selva a ciencia y paciencia de un gobierno esquivo si no es que ausente. En los primeros escarceos de la reforma del Estado en código neoliberal se concluyó que el heredado de la Revolución sufría de demasiados compromisos con las masas y sus bases de apoyo, pero dichos compromisos no fueron en realidad revisados sino pospuestos en su cumplimiento sin fecha de término. Luego llegó el presidente Zedillo, que hizo a un lado toda noción de solidaridad, sepultó cualquier idea redistributiva por considerarla veleidosa cuando no peligrosa y radicalizó la furia liberista hasta dejar en harapos lo que quedaba del Estado nacional popular, so capa de apurar el tránsito a una democracia normal que fuese congruente con la normalidad económica que entonces acababa con la banca mexicana y entregaba el sistema de pagos a la banca internacional. Todo podía caber en el jarrito del nuevo modelo, como pudo presumir de hacerlo su sucesor en la vicepresidencia económica del presidente Fox. Con los acontecimientos internacionales con que inauguramos este terrible año de la antesala sucesoria, y la triste presencia de la victoriosa de Cancún que no acierta a medio leer la Constitución, no digamos a interpretar el rico legado de la tradición mexicana en política exterior, el desvanecimiento del Estado adopta ritmo de vértigo desmantelador. Sin reflejos ni resortes retóricos, el pragmatismo histórico de que hicieran gala los diferentes establos de Relaciones Exteriores se vuelve postración sin condiciones a una realidad impuesta por las necesidades, los escenarios y los juegos de guerra de los encargados de la seguridad nacional estadunidense. El bochornoso consuelo al que han recurrido el presidente Calderón y su secretaria, de retirarle el habla al embajador Pascual, ni a placebo llega. Es, en todo caso, la confirmación adelantada del fin inevitable de una época, de un modo histórico de sobrevivir a la adversidad de una relación desigual, de una forma de gobierno del Estado y de la sociedad. La antesala del relevo presidencial se nos vuelve antesala de un infierno que no nos merecemos. Alzar y al mismo tiempo modular la voz y el reclamo a los grupos dirigentes, se ha convertido en tercera llamada.

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