martes, 12 de junio de 2012

MUCHA POLÍTICA Y MUCHA ADMINISTRACIÓN


JOSÉ RAMÓN COSSÍO DÍAZ

Fue alrededor de 1890 cuando el lema del Porfiriato “poca política y mucha administración”, cobró  pleno sentido. En ese momento, el General Díaz había logrado subordinar a su persona al resto de  los poderes federales, controlar la designación y funcionamiento de buena parte de los locales y  someter, mediante los jefes políticos, a las autoridades municipales. Es también en esos años  cuando había logrado constituir buena parte de las clientelas empresariales nacionales y encontrar  las vías para acordar con las extranjeras. En un contexto político y económico así, a Díaz le  correspondía, efectivamente, diseñar y conducir la política. Él decidía las  grandes  acciones que  debían acometerse y, en general, el modo en que debía hacerse, mientras que mientras que a los  legisladores correspondía darles forma.  Las administraciones federal y locales  debían, a su vez, ejecutar sus directrices. Si Díaz concentraba legitimidad, poder y decisión y ello es lo propio del ejercicio político, es claro por que reclamaba para sí y prohibía para los demás, el ejercicio de la política; si sus decisiones requerían para ser de una eficiente ejecución, resulta obvio también por qué exigía mucha administración.
El breve recordatorio acabado de hacer viene a cuento por la situación que atraviesa nuestro país. Como muchas otras personas,  atendí el debate del domingo pasado. No entro a calificar posiciones ni emito juicios individualizados. Me quedo con los  que a mi juicio fueron  sus elementos comunes. Los cuatro candidatos, independientemente de sus diagnósticos y estrategias de implementación, identificaron  los temas sobre los que es preciso  llevar a cabo grandes reformas: educación, seguridad social, trabajo, salud,  energía, pobreza,  productividad, competitividad, justicia, seguridad pública, primordialmente.  Cada uno de  los sectores identificados es de una magnitud enorme. Su modificación requiere consensos profundos, vencer resistencias simbólicas y reales de gran significado. Cada uno de ellos se encuentra construido y funciona a partir de una compleja red de intereses, regulaciones, complicidades y, desde luego, importantes beneficios para quienes participan en ellas. Diversos grupos  públicos, sociales y privados han dificultado  y dificultan su transformación, pues viven en y del statu quo. Tómese cualquiera de los sectores que fueron identificados en el debate y a que yo acabo de aludir y piénsese por un momento en lo siguiente: ¿cómo está hoy el sector? ¿Qué se requiere hacer para transformarlo? ¿Qué intentos se han hecho para ello?, ¿Por qué no se ha transformado? ¿Qiénes se han opuesto al cambio? 
Al terminar el ejercicio de imaginación sobre las condiciones que han impedido la transformación de los sectores, varias cosas quedarán en evidencia. Una, que muchos de los problemas que  tenemos enfrente no son de diagnóstico. En general, se sabe dónde está el problema y, también  en general, cuáles son sus contornos principales. Otra, que respecto de muchos de ellos se  conocen las soluciones o, en el peor de los casos, algunos de los medios más eficaces para  comenzar a combatirlos. Si unimos ambos puntos, es claro que el origen del problema no es de carácter intelectual. La complejidad del asunto está en otra parte. Este 
es a mi juicio y con todas las reducciones que se quiera a efecto de poderlo expresar en estas líneas, de carácter político y  administrativo. 
En la dinámica de la elección para la presidencia de la República que estamos viviendo, es normal  que el tono de los debates sea  por completo personalista: “voy a hacer…”, “en mi gobierno se  hará…”, “cuando sea Presidente de los mexicanos…”, etc. Ello está bien para generar  simpatizantes y lograr que  éstos  expresen su subjetividad en la objetividad de un voto.  Sin embargo, lo que ya no queda tan claro es saber cómo, una vez que los votos se han logrado y han permitido sentar a alguien en la silla presidencial, el nuevo ocupante va a  lograr el cambio de cualquiera de los sectores mencionados. Para ello requiere, sin duda, de las mayorías necesarias para transformar leyes y, en muchos casos y por la práctica nacional, de las requeridas para reformar la Constitución. Sin embargo, una cosa es postular las transformaciones desde el 
personalismo del debate o del discurso, y otra es conseguir las mayorías legislativas idóneas para lograrlo. Específicamente, alcanzar los consensos necesarios en un contexto de enorme pluralidad social y su consiguiente ausencia de representación o, en el mejor de los casos, de clara fragmentación política.  Además y con todas las dificultades que se quiera, una cosa es implementar las transformaciones normativas y otra muy distinta lograr que las nuevas normas efectivamente rijan las conductas de los servidores públicos y de los ciudadanos. Conseguir, pues, la transformación de las prácticas mediante la cuales estamos viviendo.
Si en el Porfiriato la frase “poca política y mucha administración” servía tanto para describir lo que acontecía como lema para ordenar lo que debía hacerse, las condiciones de nuestro tiempo nos exigen transformarla radicalmente. Lo que debe hacerse es mucha política y mucha administración. Sólo mediante la primera (y no mediante la “grilla”) es posible  intentar alcanzar los acuerdos profundos que permitan generar las condiciones del cambio que necesitamos.  Luego, es preciso insertar las decisiones tomadas en el ámbito de la administración (que no de la mera burocracia), para lograr la transformación de las condiciones imperantes.  Hacer “grilla” y no política, es mantener el entendimiento patrimonialista de quienes detentan cargos públicos; entender la administración como burocracia, es impedir la socialización de las decisiones y, con ello, el mantenimiento de lo que al menos con cierta generalidad, todos entendemos que no funciona más. Hacer política sin administración es predicar en el desierto y hacer administración sin política, es generar una tecnocracia autónoma y prácticamente instrumental. Creo que sólo si concurre el ejercicio  de 
mucha y buena política con el ejercicio de mucha y buena administración, será posible acometer y realizar los cambios que, me parece, todos sabemos son urgentes.