jueves, 1 de julio de 2010

TODOS LOS NOMBRES DE SARAMAGO

FERNANDO SERRANO MIGALLÓN

Ha pasado más de medio siglo desde que don Edmundo Valadés dio a la imprenta su cuento La muerte tiene permiso; hoy, cuando de pronto en menos de 48horas nos quedamos sin Saramago y sin Monsiváis, uno se da cuenta de que, en efecto, la muerte siempre tiene permiso. Esa frase remite al texto de aquel magnífico promotor del cuento y al releerlo uno nota que hay muchas formas de literatura, pero que fundamentalmente hay letras para escritores y letras para lectores. Autores que escriben para sus colegas y otros que escriben para los lectores, Los primeros van y vienen del claustro a la ceremonia de premiación y contribuyen al engrandecimiento de la lengua ilustrándola, construyendo obras que actualizan la actividad creativa en cada idioma. Los otros, viven en el siglo, las preocupaciones de todos son las suyas propias, aquéllos cuidan el labrarse un nombre, estos toman el nombre de todos. Por eso, muchos son los nombres de Saramago. El único premio Nobel de la lengua portuguesa se fue con la sencillez con la que vivió, se fue en silencio, fiel a su divisa de sólo hablar cuando algo importante tenía que decir. Saramago levantaba polémica por doquiera que hablaba cuando su opinión, acertada y aguda, despertaba de su letargo conciencias adormecidas. Las causas del escritor eran sencillas, porque eran las causas de todos los hombres que diariamente tenemos que enfrentarnos con el monstruo del Estado, con los recovecos de la ley y con la despersonalización del mundo cotidiano. Tocaba las grandes causas porque esas también están hechas de las pequeñas causas que a todos nos tocan. Saramago es el escritor hecho de la tierra que lo vio nacer y que, por lo mismo, está llamado a la universalidad. El encontronazo entre el campesino del Alentejo y la modernidad que cayó de pronto a Portugal, es también el drama del desplazado en las urbes latinoamericanas, de los sin tierra en el Brasil, de todos y cada uno de nosotros cuando el mundo, que debiera ser nuestro, es hostil con nuestras personas. Un escritor que supo el uso correcto del premio Nobel, no para envanecerlo sino para dar potencia y denunciar cuanto consideró digno de censura, apostando su fama, su gloria y en no pocas ocasiones su tranquilidad. Cuando en 2004, la Facultad de Derecho de la UNAM le otorgó la Medalla Isidro Fabela, habló de justicia y democracia, con soltura y fraternidad pero, sobre todo, al terminar la ceremonia, a quienes nos encontrábamos cerca, nos contó una pequeñísima historia envuelta en fino humor: "En tiempos de la unificación italiana, una mujer se encontraba con su hijo labrando la tierra, al mirar al horizonte vio las tropas de Garibaldi que se acercaban enarbolando las banderas tricolores; asustada por la leva, de inmediato gritó: -Hijo, escóndete, ahí viene la patria". Así era Saramago y así era su literatura. Al morir se va uno de los más importantes defensores de los individuos frente al poder de las instituciones o, mejor aún, uno de los más potentes defensores de la sencillez humana frente a sus propias creaciones. Ahora, al volver a sus libros, nos quedará siempre la presencia amable del nieto de aquel campesino que, siendo sabio, nunca aprendió a leer.

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