jueves, 30 de abril de 2009

LEY SOBRE LIBERTAD DE CULTOS

FERNANDO SERRANO MIGALLÓN

Para muchos, el siglo XIX es el tiempo de la anarquía, de las luchas fratricidas y de los más hondos desencuentros.
Es probable que ninguna época de nuestra historia cause tanto debate, aun hoy, como en el siglo XIX, enciende pasiones, decanta distancias y nos pone ante la imagen del país que soñamos y el que logramos. Para muchos, el XIX es el tiempo de la anarquía, de las luchas fratricidas y los más hondos desencuentros. Según otros, parte de una fundación, atormentadora, pero también el escenario para nuestros acuerdos más duraderos. Con los años, la bibliografía historiográfica de nuestro país ha preferido con mucho el análisis del siglo XX, sin embargo, es en torno a las guerras de Independencia y de Reforma, a las intervenciones extranjeras, que el imaginario colectivo ha sembrado mitos tendientes a explicar las diferencias y las tensiones de aquel tiempo histórico.
Sobre todo, en torno a la Reforma liberal, hemos construido tanto los monumentos más férreos de nuestro pensamiento como las más sórdidas leyendas negras. Se trata de un tiempo que se toca con una extrema delicadeza, como quien teme despertar fantasmas y demonios, porque si bien a partir del movimiento juarista alcanzamos identidad constitucional, jurídica y estatal, también hay aspectos que no alcanzamos a solventar, a liquidar como problemas y nos da miedo enfrentar y finiquitar para siempre.
Uno es la relación con las iglesias y, más claro, con la hegemónica en nuestro país. En el fondo, la Reforma liberal puso un límite a la influencia de esa institución y muchos mexicanos perdieron la vida, pero, al final, una norma jurídica estableció la igualdad ciudadana, más allá dogmas, prejuicios y chantajes; sin embargo, a mediados del XX, Martín Luis Guzmán decidió publicar Necesidad de cumplir las Leyes de Reforma y, ahora, en el XXI, una institución se resiste a abandonar la política, medra con la oportunidad que le da algún político y vive sorda y ciega a los escándalos sexuales de sus ministros, sus delitos y su impunidad. No extraña, pues, la leyenda negra en torno a Juárez y la Reforma. Es un lugar común afirmar que Juárez era enemigo de las religiones y aspiraba a un México ateo. Algo así de superficial sólo puede ahondar los desencuentros; en realidad, si algo identifica a la Reforma es su ansia de lograr un espacio político donde la tolerancia fuera posible sin poner en peligro la unidad política y la supervivencia de la patria.
En 1860, Juárez, presidente interino constitucional, promulgó quizá la más importante de las Leyes de Reforma, la de Libertad de Cultos. Si con todas las promulgadas en 1859, el gobierno liberal había establecido un espacio laico para la legalidad como norma de convivencia, al disolver la amenaza del Estado dentro del Estado, con esa ley se abrió el camino para la tolerancia y la convivencia al separar lo público de lo privado.
En la evolución política de toda sociedad, esa separación entraña la maduración de la convivencia; deja al imperio de lo personal, en que el hombre es soberano sobre sí mismo, e implica respetar el otro ámbito, donde se comparten espacios, derechos y obligaciones, y eso fue el mayor logro de esa norma.
En su breve texto, establecía el derecho a la protección del Estado para el culto católico o cualquiera otro.De hecho, será en esa década cuando las primeras comunidades judías llegan al país, las convicciones protestantes también se establecieran en México y algunos de sus miembros pudieron salir de la clandestinidad, pues se rompió el monopolio del culto. Juárez afirmaba que la creencia religiosa y su práctica son manifestaciones de un derecho natural del hombre sinmás límites que los derechos de terceros y las exigencias del orden público. Al reducir a la Iglesia católica a ser una más de todas las posibles, se abrió una época dorada para la libertad individual y un momento de particular respeto entre el orden material y el espiritual.
Cuando maduremos más eso, podremos ver en Juárez y los de la Reforma, no a enemigos de una creencia, sino a portadores de la fe en el desarrollo de las personas, sus libertades y su capacidad de convivencia. Una lección que hoy debemos recordar.