viernes, 12 de agosto de 2011

FIN DE UNA ILUSIÓN

OLGA PELLICER

El gobierno de Estados Unidos evitó la suspensión de pagos de su deuda. Hubo un suspiro de alivio entre los grupos financieros, de inversionistas, de empresarios, de jubilados y, en general, de los millones de gentes que tienen sus ahorros invertidos en los bonos del Tesoro de Estados Unidos; una inversión considerada, hasta hace poco, una de las más seguras.
Se trata, sin embargo, de una tranquilidad engañosa. Lo cierto es que el acuerdo alcanzado entre los líderes de los partidos políticos y la Casa Blanca para subir los niveles de la deuda y así evitar el impago está lejos de ofrecer seguridad a largo plazo. Su contenido y, sobre todo, el enfrentamiento político que lo precedió levanta enormes dudas sobre el crecimiento futuro de la economía estadunidense, sobre la dinámica que conduce las decisiones políticas en ese país y, en general, sobre la capacidad de sus instituciones políticas para gobernar y permitir que Estados Unidos desempeñe un papel responsable en la economía y la política internacional.
El acuerdo contempla recortes muy fuertes del gasto público, 900 mil millones de dólares de inmediato hasta alcanzar 2.5 trillones en 10 años. Mucho se podría elaborar sobre lo que significa para un país que salía apenas de una recesión profunda la reducción de semejante tamaño en los gastos gubernamentales. Basta detenerse en el efecto sobre el problema más grande que sigue dominando la vida económica en Estados Unidos: el desempleo. Tomando en cuenta que éste se acerca a 10% de la población económicamente activa se puede afirmar que los recortes agravarán la situación de los grupos menos favorecidos de la población los cuales dependen, justamente, de los empleos generados por el sector público. Tal es el caso, por ejemplo, de los afroamericanos que ocupan 60% de los puestos gubernamentales. Si a ello añadimos los recortes que se vienen en los programas de salud o en el apoyo a jubilados el problema social en Estados Unidos estará en uno de sus peores momentos para cuando llegue a su fin el primer periodo (quizá el único) del gobierno de Obama.
En contrapartida, el acuerdo no incorpora ninguna disposición sobre la creación de impuestos para los grupos económicamente más poderosos. Tal y como lo viene defendiendo el Partido del Té, el propósito de equilibrar el presupuesto se busca a través de la disminución del gasto del gobierno, pero no de una urgente reforma fiscal que grave el enriquecimiento sin precedente que han tenido en los últimos años las familias más ricas de Estados Unidos.
A lo largo de las negociaciones para elevar el techo de la deuda se pusieron en evidencia, más que en otros momentos, las diferencias profundas que dividen en dos grandes sectores a la sociedad estadunidense. De una parte, se encuentran los sectores conservadores, cuya expresión más radical son los miembros del Partido del Té, para quienes el objetivo más importante es reducir la función del gobierno, limitar sus funciones a los ámbitos militares y dejar en manos del individuo y el mercado la promoción de oportunidades para hacer crecer la economía. El no pago de impuestos es la esencia misma de su plataforma política.
Para los otros, en su mayoría demócratas, el gobierno debe garantizar una plataforma básica de servicios y derechos que constituyen el sentido mismo de una sociedad civilizada. Esta última es la filosofía que, en principio, tenía entre sus mejores exponentes al presidente Obama.
El desenlace del largo proceso de negociaciones que condujo al acuerdo no deja lugar a dudas sobre quiénes tuvieron mayor influencia. Las concesiones se hicieron principalmente a los sectores radicales del partido republicano, sin que fuera posible obtener a cambio la prometida elevación de impuestos ni compromisos mayores con los programas sociales. El único punto en que se vieron concesiones por la parte republicana es en el recorte del gasto correspondiente a la defensa.
Por lo que toca al papel de Estados Unidos en el mundo, es necesario destacar que durante la experiencia política que se acaba de vivir en Washington se advirtió escasa o nula sensibilidad frente a los efectos que las decisiones incorporadas en el acuerdo tendrían más allá de las fronteras nacionales. Se expresó preocupación por las consecuencias de una suspensión de pagos en términos de prestigio, pero a nadie pareció preocupar que los recortes del gasto público afecten las actividades de Estados Unidos en el exterior, sea por la reducción de su presencia militar, sea por la reducción de sus programas de cooperación. Es necesario acostumbrarse ahora a la idea de Estados Unidos en medio de la austeridad. Difícil imaginar que significará eso para su tradicional papel como el país en quien recaía la responsabilidad de ser policía del mundo.
Con todos esos antecedentes, vale la pregunta de si había una alternativa, si Obama pudo haber ejercido sus poderes constitucionales y elevar el techo de la deuda sin pasar por la serie de concesiones que fue necesario hacer a lo largo de complejas negociaciones. Desde luego eso era posible, pero suponía una crisis en las relaciones con el Congreso, en particular con los republicanos, que Obama no estuvo dispuesto a enfrentar. El primer presidente afroamericano emerge de esta crisis como un político centrista, dispuesto a conceder hacia la derecha con la esperanza de avanzar hacia su reelección. Para algunos es la consecuencia inevitable del campo de maniobra real que concede la correlación de fuerzas políticas existente en Estados Unidos. Para otros, es el fin de las ilusiones que quizá con demasiada inocencia nos despertó el portador de “la audacia de la esperanza”

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