viernes, 15 de mayo de 2009

DIPUTADOS, ¿PARA QUÉ?

PORFIRIO MUÑOZ LEDO

Las opiniones de quienes consulté el ofrecimiento del Partido del Trabajo para ser candidato a diputado federal resultaron divididas. Las familiares fueron en general reticentes; las que obtuve de ciudadanos y actores políticos aconsejaron claramente —aunque por distintas razones— que aceptara la postulación.
Coincidió la presentación de mi biografía documental en el Archivo General de la Nación, el 26 de marzo, con el límite de la decisión. Había preparado un final definitorio por el que cerraba un ciclo de mi vida pública. Ratificaba mi lealtad intelectual a la causa en la que milito y anunciaba que no aceptaría en adelante cargos de representación política.
Modifiqué el guión y solicité la benevolencia del archivo para acoger nuevos testimonios: “Los últimos episodios de un transcurso existencial”. El cambio de proyecto no fue fácil y en mucho se debió al súbito agravamiento de las tendencias cínicas y autoritarias que campean en el escenario del país.
Fui miembro del Senado en los inicios de la transición, como parte de una exigua fracción que tuvo la convicción para desafiar a una mayoría aplastante. Me correspondió más tarde —en un vuelco histórico— presidir la Cámara de Diputados como dirigente de la primera mayoría opositora y cancelar solemnemente la hegemonía del Ejecutivo sobre el Congreso.
¿Cuál podría ser hoy la función de un legislador dispuesto a confrontar la derechización de México y promover modificaciones en su estructura política? Depende en gran medida de la inclinación del voto ciudadano, pero también de la calidad y determinación de los representantes populares.
Primero son los medios alternos de comunicación con los electores, a fin de contrarrestar la manipulación oficial. El IFE tiene la obligación constitucional de atajar el manejo tramposo de la epidemia y de otra contingencia pública. En seguida, la movilización de las mentes en torno a las cuestiones centrales que se juegan en estos comicios.
Dos deberes son ineludibles: recuperar la división de poderes y replantear la reforma de las instituciones. Ningún sistema democrático puede funcionar sin el juego transparente entre gobierno y oposición. Ocurre sin embargo que en 2006 el PRI convalidó la elección espuria del Ejecutivo y estableció un oscuro contubernio que falsea la vida nacional.
Esta elección no restablecerá la normalidad democrática: Calderón será ilegítimo “hasta el fin de los siglos”. La cámara que de ella emerja podría no obstante devolver el poder a la sociedad mediante fórmulas consensuadas de participación ciudadana, que incluyen la revocación de mandato. Tendría que elevar la mira, recuperar la intransigencia y erradicar la componenda.
Es menester democratizar la cámara, clausurar el mandarinato parlamentario y restaurar la libertad de palabra de los legisladores. La soberanía popular se expresa en la rendición de cuentas y el equilibrio político eficaz. Mientras el Poder Legislativo no encare a fondo la impunidad estará traicionando su encomienda esencial.
El Congreso habría de ser el refugio del estado de derecho. Su misión cardinal es el combate a la corrupción. El seguimiento penal de los delitos contra el patrimonio público, la ejecución de los juicios políticos, la estrecha vigilancia de las acciones petroleras y todo intento de entreguismo, así como la creación de un observatorio social contra el abuso del poder.
Su responsabilidad con los electores es la elevación del salario, la soberanía alimentaria, una política racional de seguridad, el respeto a los derechos humanos y la recuperación de un proyecto nacional de desarrollo. Convertir la educación, la ciencia y la tecnología en los ejes de un progreso compartido.
México se precipita en una recesión económica, política y moral que clausura la esperanza de otra generación. Hace casi 30 años vamos en picada. El enemigo común es el neoliberalismo y las complicidades que lo sustentan. Nada menos que la alianza documentada entre las corruptelas del PRI y las venalidades del PAN.
Hemos entrado en la pendiente de un fascismo rudimentario y depredador. Un enjambre de cacicazgos económicos, servidumbres palaciegas y ataduras internacionales que han liquidado la noción de Estado. Ahumada es hoy el testigo inducido pero inequívoco de una deriva sistémica y criminal.
Es hora del coraje cívico, como en 1988 y en 2006. Lo que no hagamos por la vía pacífica nos va a ser cobrado por la violencia. Sostengamos la continuidad institucional de México a través de un Congreso digno e independiente. Votar en conciencia es nuestro deber patriótico.

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