jueves, 1 de diciembre de 2011

(NO) PELEAR CON LOS MEDIOS

JULIO JUÁREZ GÁMIZ

Las famosas reglas de oro no existen en política, en todo caso hay algunas máximas no escritas acerca de las cosas que uno debe o no hacer en determinadas circunstancias. Algo así como el mentado librito que le dice a uno que fichas azotar en la mesa del dominó mientras mira desafiante a su oponente a mano derecha.
Pues una de esas reglas de oro en política es no pelearse con los medios. Aclaro de entrada a qué me refiero con pelearse con un medio de comunicación y para ello enlisto algunos sinónimos: enfrentarse, desavenirse, enemistarse, batallar o reñir. Suena lógico aunque hay que preguntarse en qué premisa se basa esta máxima y, para acabar pronto, qué efecto negativo trae consigo el no respetarla.
El silogismo es relativamente sencillo, tanto como si de una carambola de tres bandas se tratara. Uno increpa a un medio de comunicación o comunicador y este responde de dos maneras. O lo castiga borrándolo de su cobertura o dedicándole la ira de la crítica ‘informativa’. Esto, se infiere por tanto, tendrá un impacto negativo en la percepción que al auditorio del medio en cuestión tiene hacia el político en cuestión. Pedrada, fusilamiento y muerte a periodicazos.
Es este silogismo, aparentemente incuestionable, el garabato de neón que se ilumina en la cabeza de cada político cuando un reportero lo saca de sus casillas y, respirando hondo, encuentra una razón para no retorcer la mueca o reventar cámaras o micrófonos. Lo mismo pasaría con los medios cuando van calculando a quién jalarle la cobija y qué tanto.
Y bien vale preguntarse si, en sentido inverso, a un medio de comunicación le conviene pelearse con un político. La respuesta más precisa es que depende. Depende del poder del político en ese momento particular, o su prospectiva en la bolsa de futuros políticos, y el daño que podría causar una represalia al medio en cuestión. Y qué le puede doler más a un medio de comunicación que dejar de recibir las ganancias por la contratación de publicidad oficial. El quid pro quo que intenta preservar el equilibrio entre ambos poderes, o al menos, el que ayuda a aminorarlo. Es obvio que hay otros métodos más violentos como desaparecer periodistas (o no hacer nada cuando estos desaparecen que es prácticamente lo mismo), encarcelarlos, perseguirlos o acosarlos. A final de cuentas ese ha sido uno de los deportes favoritos en los pasillos del poder político mexicano. Y sí, ahora son también los propios medios quienes pagan a los políticos con la misma moneda. Amenazan, asustan y amedrentan al que se deja.
Parece obvio pero pelearse con los medios no trae nada bueno para un político y, sin embargo, las oportunidades para hacerlo están a la orden del día. Y donde hay conato de pelea también existe tensión. Es sobre esos circuitos eléctricos por donde transita la relación entre el poder político y el poder mediático. Llámeles usted el cuarto poder o el poder de quinta, para el caso es lo mismo. Medios y actores políticos reajustan diariamente su tolerancia, administran sus enconos y resentimientos, apaciguan sus pequeñas venganzas, aplazan la batalla.
Podemos entonces hablar del cruce de dos agendas: la política, definida por aquellas cosas de las que los políticos quieren hablar y la mediática, construida por los temas que para los medios son más importantes, no necesariamente por las mejores razones. Y a ese cruce asistimos, voluntaria o involuntariamente, las audiencias. En realidad, todo este ritual combativo lleva nuestra atención como principal destinatario. Lo que unos y otros dicen combatir en defensa de nuestro interés, el público. La libertad de expresión, la rendición de cuentas, la verdad y la justicia. En otras palabras, la pirotecnia constitucional de un país que aún no somos.
Claro que también los medios de comunicación se pueden pelear entre ellos, véase si no la recientemente concluida escaramuza entre la revista Letras Libres y el diario La Jornada. Conflicto que, a ojos de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, se inscribe dentro de otra máxima universal de dorada caligrafía: el que se lleva se aguanta. Más bizarro aun si lo vemos desde la regulación político-electoral en la que si un candidato acusa a otro de ser cómplice de terroristas ya puede ir organizando una reunión con sus abogados pues, de acuerdo a la ley, ofender, difamar o calumniar no son aptos para el discurso político. En otras palabras, la política es menor de edad frente a la adulta madurez para maldecir de los medios de comunicación. Y las campañas apenas comienzan.

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