jueves, 30 de diciembre de 2010

'MÉNAGE Á TROIS'

JOSÉ WOLDENBERG KARAKOSKY

"Un ménage á trois es una mezcla de sexo y problemas domésticos", escribe Adam Thirlwell en Política (Anagrama, 2004). Se trata de una forma ingeniosa, atractiva, pero no bíblica, es decir, inexacta como lo son las pontificaciones que quieren convertirse en aforismos. Una definición ambigua pero que por lo menos subraya que al lado del placer aparecen inevitablemente las dificultades cotidianas. Y cuando se trata de tres y no de dos, los "problemas domésticos" suelen ser complejos.
En el formato actual de nuestra vida política los partidos parecen estar envueltos en no pocos aprietos fruto de su convivencia: una convivencia no sólo pública sino íntima en las instituciones del Estado. Son relaciones de amor y odio, de acercamiento y distanciamiento, de conveniencia y pasión, problemas domésticos como los de un ménage á trois.
En 1999, ante la coyuntura de una nueva elección general en México, el PAN y el PRD se empezaron a cortejar. Se hablaban al oído y se decían cosas bonitas, aparecían de vez en vez juntos en público, establecieron una mesa de negociaciones para crear un Frente Opositor capaz de "sacar al PRI de los Pinos". Vivieron una etapa de seducción mutua. Ese primer affaire duró poco porque los principales candidatos de ambos partidos no estaban en disposición de declinar sus legítimas aspiraciones. Fue un primer divorcio civilizado. Hubo pullas como en toda separación, pero las heridas parecieron no ser demasiado profundas.
Con el triunfo del PAN en el año 2000, los tres protagonistas de esta historia se vieron obligados a reajustar sus roles. Y a pesar de sus diferencias, trayectorias e idearios, encontraron que sus contrincantes eran o resultaban más atractivos de lo que cada uno de ellos había creído. Su necesidad de hacer avanzar alguna iniciativa en el terreno legislativo pero también sus brindis informales, les fueron develando las virtudes ocultas de sus adversarios. Paso a pasito (como diría Angélica María) se establecieron complicidades, se forjaron acuerdos, se susurraron frases dulces. Y así fuimos observadores de pactos parciales en diferentes modalidades (PAN-PRI; PRD-PRI; PRD-PAN) e incluso de encuentros entre los tres. La fórmula del ménage á trois parecía funcionar. A veces se querían los tres y a veces sólo dos. Maduros al fin, parecían comprender que el destino los colocaba en la misma cama (perdón, en la misma Cámara). Daba la impresión de ser una relación "moderna", abierta, sin excesivos celos, un poco fría y cargada de cálculos de corto plazo, pero funcional para amantes no demasiado románticos (más bien pragmáticos). Cierto, la pareja mejor avenida parecía la del PAN-PRI, pero las otras dos combinaciones también funcionaron. Lo dicho, un ménage...
Luego de las polarizantes y polarizadas elecciones de 2006 se abrió un océano entre el PAN y el PRD. La espiral de agravios (reales o ficticios es lo de menos, como suele suceder en las relaciones interpersonales) llegó a tal punto que quienes en el año 2000 habían buscado forjar una alianza vivían ahora distanciados en extremo. Habían pasado del cortejo, los intentos de seducción y la ruptura medianamente civilizada, a lo que parecía un divorcio definitivo, con la carga de rencores, reclamos mutuos y hasta injurias que suelen marcar los truenes dolorosos. Cada uno buscó a los amigos para hablar mal del otro, para intentar aislarlo o para demonizarlo.
Si el escenario hubiese sido un petate, para seguir con la mala analogía, los en algún momento novios ahora se daban la espalda. Enojados, lastimados, doloridos, no querían saber nada uno del otro. Y en medio de los dos, recostado con comodidad, se situó el PRI. El rencor entre PAN y PRD era tal que el tricolor se volvió imprescindible. El PAN encontró que los antiguos defectos del PRI eran virtudes, que sus contrahechuras eran imaginarias, fruto de no haberlo tratado de cerca. El PRI, por su parte, descubrió muy pronto que en la nueva situación podía convertirse en un amante platónico, es decir, inalcanzable, o en un gigoló dispuesto a disfrutar de los placeres de la conveniencia mutua. Optó por lo segundo. Quizá no le dio al PAN amor, pero sí satisfacción.
Pero cuando hay tres, hay tres. El PAN y el PRD se reencontraron. Volvieron a sonreírse y a pasear juntos, a consentirse y a hablar mal del tercero en discordia, lo cual generó, y con razón, el despecho del PRI. Y en esas estamos, aunque no creo que la historia haya terminado.
Para que un ménage á trois se dé se requieren condiciones para ello y ganas. Las condiciones existen desde hace algunos años. Las ganas, a primera vista, invocan un resorte subjetivo, pero vale la pena pensarlas también como un fruto maduro de la necesidad. En política las imponen las circunstancias y no el amor. De tal suerte que los amantes distantes o despechados es probable que sigan teniendo encuentros amorosos... así sean agitados y llenos de culpa. Lo dicho: el ménage á trois es una mezcla de sexo y problemas domésticos.

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