jueves, 2 de diciembre de 2010

LA HERENCIA DE LA REVOLUCIÓN

ARNALDO CÓRDOVA

Con todas sus glorias, reales, atribuidas o inventadas que hayan sido, la Revolución Mexicana es el fenómeno transformador que acabó modelando, en todo lo bueno y lo malo, según los puntos de vista, al México del siglo XX. En sus años de gestación y realización, fue un enorme condensado de movimientos, programas ideológicos y políticos, clases sociales disímbolas y de individuos que provenían de todas las regiones de nuestra variada geografía. Uno puede echar el gato a retozar y especular sobre cuáles de esos numerosos movimientos, muchos de ellos locales, constituían en sí mismos una revolución. El hecho es que ninguno de ellos se dio en abstracto y todos se conjuntaron para formar un solo vórtice que los mezcló a todos.
Hablar de una revolución maderista, de una zapatista, de una villista, de una constitucionalista, o bien eulalista, orozquista y todas las que uno pueda imaginar y, también, decir que cada levantamiento local era una revolución, es legítimo; pero es sólo una ocurrencia. La verdad es que el zapatismo, por ejemplo, no puede concebirse fuera de sus relaciones con el maderismo, el villismo, el carrancismo y todas las demás fuerzas actuantes en el escenario revolucionario. La microhistoria (dedicada a historiar lo particular o local) o, si se prefiere, la historia regional, han dado cuenta, cada vez más exhaustivamente, de las diferentes y variopintas formas que adquiere el movimiento revolucionario en todo lo ancho y largo del país.
Como nunca me he dedicado al estudio de la historia regional, siempre he preferido ver al conjunto y considerarlo en su totalidad. Así, me ha parecido lógico hablar de la Revolución Mexicana como tal. A través del tiempo he tenido polémicas con autores anglosajones (como John Womack o Alan Knight) y con mexicanos que sostienen la pluralidad de revoluciones y niegan que haya habido una Revolución Mexicana. Para mí resultó claro que ninguno de los movimientos revolucionarios podía definirse aisladamente sino en sus relaciones con los demás y en confrontación abierta entre sí por sus diversas posiciones y programas.
Es verdad que el régimen político, social y económico que surgió de la Revolución lo definieron los triunfadores y no los vencidos en la lucha armada; pero hasta eso es relativo. Carranza aplastó al zapatismo y al villismo, pero Obregón destronó a Carranza y se hizo aliados a los zapatistas y hasta les dio la Comisión Nacional Agraria, creada en la época de Madero, para que ellos se encargaran de realizar la reforma agraria. El Grupo de Sonora en sus diferentes regímenes presidenciales, de 1920 a 1934, excluyó del poder, por ejemplo, a villistas y carrancistas; pero Cárdenas los llamó para que se integraran a su gobierno. Desde entonces empezó la tradición de dejar de ver a los movimientos particulares para ver sólo un gran movimiento en el que todos cabían.
En alguna ocasión, mi inolvidable José Panchito Aricó me escuchó decir que el principal logro de la Revolución Mexicana había sido la creación de un nuevo Estado nacional, y me dijo: “Entonces, la Revolución podría definirse como un movimiento gran burgués, como lo fue la Revolución Francesa”. Sigo creyendo que el principal logro de aquel gran movimiento definidor del siglo XX mexicano fue la formación de un nuevo régimen estatal de instituciones, diferente del antiguo Estado oligárquico porfiriano, en el que sólo las clases pudientes podían entrar y el resto de la sociedad permanecía excluido. La mexicana fue, ante todo, una revolución política.
Es cierto que los variados programas y planes revolucionarios plantearon las transformaciones sociales que luego se fueron realizando de muchas maneras (aunque no fueron pocos los que se echaron al olvido); pero todos ellos o casi esperaban tener un nuevo orden político para que esas transformaciones se hicieran realidad. Todos ellos esperaban algo del nuevo Estado. El Estado revolucionario se abocó a hacer esas reformas, con variable entusiasmo y compromiso. En todo caso, la conformación del nuevo Estado, del nuevo régimen político, fue la aspiración de los revolucionarios triunfantes. Las reformas se fueron dando a cuentagotas y fue preciso que llegara Cárdenas al poder (apenas un muchacho en los años de la lucha armada, pero fiel seguidor de los idearios revolucionarios), para que las reformas se hicieran a gran velocidad.
No fue ese el signo dominante de los demás regímenes presidenciales de la Revolución. Pesaba más en la mentalidad de los grupos gobernantes el afán por conservar lo poco que se iba realizando que el deseo transformador de una realidad que siempre estuvo plagada de injusticias y desigualdades. Fue por eso, sin duda alguna, que entre los críticos del régimen revolucionario prevaleció la condena por las promesas incumplidas, por los arrebatos momentáneos (como con Cárdenas, justamente), por el autoritarismo que no se justificaba por sí mismo, por los excesos en el ejercicio del poder, por los abusos en el mismo, pero, sobre todo, porque no había verdaderas transformaciones que hicieran sentir a la ciudadanía que de verdad había llegado un nuevo régimen.
Queda el hecho de que la mayor parte del bagaje ideológico de la Revolución no fue producto de los años de la lucha armada, en abierta confrontación con el antiguo régimen, sino de la misma experiencia de los revolucionarios en su desempeño en el poder. Ideas que hoy nos parecen consubstanciales al movimiento revolucionario como la rectoría del Estado en la economía o el nacionalismo revolucionario no aparecieron sino hasta los últimos años veinte. La misma idea de la reforma agraria no fue como la había diseñado don Luis Cabrera en la ley del 6 de enero de 1915, sino como luego la concibieron los zapatistas aliados de Obregón desde la Comisión Nacional Agraria. El ejido que hoy tenemos no es el que vio Cabrera, sino el que vieron los zapatistas, con el ejemplo de los koljoses soviéticos.
Una política a favor de las clases populares, con nuevos patrones de distribución del ingreso, con educación, salud y tantas otras cosas que se deben a la existencia de las instituciones revolucionarias, no fueron obra de los mismos revolucionarios que derribaron la dictadura, sino de los programas políticos del Estado revolucionario. Ningún revolucionario que haya vivido en la década trágica de 1910 a 1920 pudo jamás imaginar lo que México iba a ser después del triunfo de la Revolución. No podía, sus objetivos, para todos, eran acabar con la dictadura y, entre otras cosas, con su sostén social y económico que eran los latifundistas, apoyados por los capitalistas extranjeros. México se ha hecho al paso y nadie ha sido capaz de predeterminarlo como un ente acabado y perfecto.
La gran herencia de la revolución fue su Estado que, desde De la Madrid, sus presidentes han persistido en demolerlo hasta acabarlo casi por completo. Del viejo Estado revolucionario ya no quedan sino unos cuantos vestigios en los que ya no hay nada que lo identifique con su glorioso pasado. La Revolución se fue agotando en la medida en que el capitalismo se fue desarrollando. De ella hoy no queda más que una pálida y avergonzada memoria.
En memoria de Fallo Cordera y en solidaridad con Rolando y sus seres queridos.

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