domingo, 16 de octubre de 2011

REFORMA POLÍTICA Y REELECCIÓN LEGISLATIVA

JAVIER CORRAL JURADO

En maratónica sesión, pues duró cerca de dieciséis horas la discusión, las comisiones de Puntos Constitucionales y de Gobernación de la Cámara de los Diputados, aprobaron el pasado jueves el proyecto de dictamen que reforma y adiciona veinte artículos de la Constitución General de la República y que se le ha dado en llamar la reforma política.
El PAN ha votado a favor de las enmiendas porque en ellas se incluyen algunas de las más importantes reivindicaciones ciudadanas que se han expresado a lo largo de varias décadas para concretar en México figuras de la democracia participativa y que en diferentes Congresos Estatales hemos impulsado decididamente legisladores panistas, como es, el caso de Chihuahua, cuando tuvimos la mayoría de la legislatura local.
Entre todas las constituciones de América Latina, nuestro país y República Dominicana, constituyen dos penosas excepciones en garantizar —desde el orden constitucional—, las consultas populares, entre las que se destacan, la iniciativa ciudadana, el referéndum, el plebiscito, la revocación de mandato.
Por ello hemos avalado en términos generales el dictamen, pero lo hemos hecho nuestro con algunas valoraciones que conviene precisar. ¿Estamos ante avances legislativos? Sí, pero no estamos ante el ideal de una reforma política que coloque al ciudadano como el sujeto esencial de la democracia, como destinatario final de la legislación. Ojala que entre los legisladores de ambas cámaras en el Congreso hubiera el mismo interés para hacer avanzar, a la par que se hace avanzar los intereses del sistema de partidos, los asuntos de la agenda ciudadana impulsada por distintas organizaciones sociales.
De entrada creemos que la llamada reforma política ha sido demasiada achicada. Del conjunto de iniciativas que se presentaron en la Cámara de Senadores, incluida por supuesto la que presentó el Presidente de la República Felipe Calderón Hinojosa, junto con las que los distintos grupos parlamentarios presentaron a lo largo de las dos legislaturas del Senado de la República, lo que incorporó el dictamen por sí mismo, ya era un dato insuficiente para considerar una auténtica Reforma del Estado. Entendida ésta como una redistribución de funciones, de facultades, de recursos no sólo entre poderes de la unión o entre niveles de gobierno, sino y esencialmente, en la demanda ciudadana de modificar la estructura del poder, de modificar la relación de poder con los anhelos y las expectativas de la sociedad mexicana.
Llegó con sólo 12 temas de los 23 más importantes que suponía una Reforma del Estado en México y en la aprobación final del dictamen de las Comisiones Unidas, aún se le ha mutilado una de las figuras esenciales como lo es la reelección consecutiva de legisladores. No obstante que esta propuesta se colocó en el Senado de la República como uno de los elementos claves de la negociación general que permitió el más amplio consenso político en otros temas. De ahí que insistamos en que la Cámara de Diputados debe hacer un esfuerzo adicional de valoración de esta iniciativa en la sesión plenaria, en correspondencia y solidaridad con esa negociación integral.
Hemos colocado la reelección consecutiva de legisladores como central de nuestras principales preocupaciones y ocupaciones, porque no la vemos como un privilegio de la clase política, no la vemos como una prerrogativa del sistema de partidos, sino como un derecho fundamental de los ciudadanos en la estructuración, profesionalización, especialización, independencia, libertad y autonomía del poder legislativo y frente a los otros poderes. Pero esencialmente como la piedra angular del sistema de rendición de cuentas que este poder le sigue debiendo a los ciudadanos. Sin esta figura la Reforma Política estará demeritada en el objetivo esencial: reestructurar la relación entre representantes y representados; quedará mocha, si se le quita este mecanismo fundamental de los parlamentos que se precian a sí mismos de serlo.
No podemos seguir siendo una extravagancia en el mundo, sólo dos países Costa Rica y México, de 189 países que tienen Constitución no incorporan aún la figura de la reelección consecutiva de legisladores. Estamos compitiendo por el dudoso honor de ser los últimos en homologarnos al mundo democrático que ha reconocido a la reelección consecutiva de legisladores como instrumento fundamental de la rendición de cuentas.
A diferencia de lo que algunos legisladores priístas han señalado, la reelección legislativa no es un dato ausente de la historia de México, ni contrario a la idea de la Revolución Mexicana; el movimiento armado de 1910 no se fincó en la no reelección legislativa. Francisco I. Madero en la Sucesión Presidencial establece como lema fundamental la no reelección del Ejecutivo. Explica ahí los excesos, los abusos, y sobre todo los privilegios y recursos con los que contó la dictadura para perpetuarse en el poder. La Reelección Legislativa nunca se colocó como uno de los motivos en el Plan de San Luis.
Tan es así, que la figura de reelección consecutiva de legisladores se mantuvo hasta 1934 en la Constitución de la República, pero una idea de presidencialismo autoritario y metaconstitucional bajo el modelo de partido único, en donde se requería la necesaria rotación de las élites, desincorporó de la Constitución este mecanismo, y ahí se basó el ejercicio fundamental de lo que conocemos como presidencialismo mexicano.
En varias épocas, al interior incluso del entonces partido gobernante, la figura de la reelección consecutiva fue discutida y en 1965, en la vieja Casona de Donceles, el entonces partido hegemónico, votó a favor en la Cámara de Diputados, pero el Senado de la República la desechó. Ya colmada de pluralidad la cámara de Diputados, en 2005 se volvió a introducir la iniciativa y fue votada a favor, pero de nueva cuenta la desecho el Senado en una apretada votación de 50 votos a favor y 51 en contra. Y ahora estamos en el supuesto contrario, cuando el Senado decide aprobarla, en una recuperada visión de modernidad que no podemos regatear, el grupo parlamentario del PRI la desecha, entre otras cosas porque a la discusión de sus pros y contras la atrapó la disputa interna entre Manlio Fabio Beltrones y Enrique Peña Nieto. Es un contraste que marca también el momento contradictorio de la política mexicana, las tensiones al interior de las antiguas corrientes de modernidad política, de reestructuración y rediseño del Estado Mexicano.
Soy un convencido de esta reforma, y he argumentado en el seno de las Comisiones Unidas varias razones para reinsertarla a la Constitución:
1.- Favorecería la profesionalización y especialización de los legisladores, en la medida en que su permanencia en la Cámara les permitirá incrementar su conocimiento de las materias sobre las que legislan. Materias como la presupuestal y la hacendaria, lo requieren, así como otros temas con ciertas sofisticaciones técnicas.
2.- La reelección dispara mecanismos de observación legislativa y seguimiento de los actos, los votos, y los gastos de los legisladores; y ello obligaría un mayor compromiso de los legisladores en términos del ejercicio de su responsabilidad
3.- La reelección permite que los legisladores electos de manera consecutiva transmitan su experiencia legislativa a los nuevos representantes. Así habrá mayor calidad y eficiencia en el trabajo legislativo.
4.- La reelección le daría un contrapeso también profesionalmente hablando frente al Poder Ejecutivo, independientemente del partido que gobierne las cámaras.
5.- Los legisladores deben ser influyentes no sólo frente a sus adversarios en el parlamento, tienen que ser también equilibrio dentro de sus propios partidos y frente a sus propios gobiernos.
6.- La reelección vincula mas directamente a los legisladores con los ciudadanos, fortalece el sentido de la autentica representación popular, y aleja el desempeño de los legisladores de estrictos criterios partidistas.
7.- La reelección incentiva la rendición de cuentas y por lo tanto propiciaría el fortalecimiento de la legitimidad del Poder Legislativo. Una percepción positiva es básica para el funcionamiento de la democracia representativa.
8.- Habría mayor continuidad en los proyectos y podrían realizarse proyecciones que valoren más la calidad que la urgencia y la inmediatez. Existirían legisladores que serían un puente estable y continuo de comunicación con otros poderes, esto es muy valioso para la gobernabilidad en un contexto de gobiernos divididos, donde se buscan apoyos y lograr estabilidad a costa de muchas cosas, en ocasiones cesiones vergonzosas.
9.- La reelección legislativa motivaría una nueva organización del sistema de partidos, me atrevería a decir incluso que detonaría una reforma de los partidos, que aun sigue pendiente.
10.- Nos colocaría en eso que se llama la normalidad democrática del mundo; México dejaría ser una excepcionalidad. Esto colocaría una mejor calificación del mundo sobre los contenidos de nuestra democracia.
Por supuesto que admito que la reelección es una medida que no es suficiente en sí misma para remediar todos los males de la democracia mexicana, pero es una condición necesaria para comenzar a encararlos. De hecho la mala impresión que hoy se tiene del Congreso, es producto del modelo actual. Bien lo ha escrito Denise Dresser: "La ausencia de reelección produce diputados cuyo destino depende más de los dirigentes de sus partidos que del voto popular. La falta de reelección engendra congresistas que carecen de incentivos para escuchar a sus supuestos representados". México rota élites pero no representa cabalmente a ciudadanos.

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