miércoles, 17 de marzo de 2010

LA POLÍTICA Y EL POLÍGRAFO

RODRIGO MORALES MANZANARES

La semana pasada los diputados nos obsequiaron dos sesiones épicas. Acusaciones, cierto desorden, retos, gritos, escenas grotescas. Nada de ello, por cierto, es ajeno a los debates parlamentarios en casi todo el mundo. Incluso diría que es consustancial a una deliberación colegiada. Me parece que el escándalo no deriva de las escenas que vimos, sino de uno de los retos que se lanzaron: someterse al polígrafo. En efecto este presunto detector de mentiras, cuestionado por la comunidad científica y denunciado por diversas agrupaciones de los derechos humanos, tiene diversos usos en el mundo. En general, se le tiene como un instrumento que puede medir la confianza, y su utilización ha estado asociada a las agencias de seguridad; es decir, a aquellas instituciones proclives a la infiltración o al espionaje. Pues he aquí que nuestros legisladores se retan a someterse a dicho examen. Más allá de la ocurrencia al calor del debate parlamentario, llama la atención, por supuesto, la imagen que proyectan de sí mismos. Como si los partidos y las relaciones que guardan entre ellos pudieran semejarse a las instituciones estructuradas bajo la agenda de la seguridad nacional. Es un exceso. Pero imaginemos ahora cómo debiera ser el futuro si la ocurrencia prosperara. En primer lugar, entre los políticos ya no habrá pactos o acuerdos, ahora todo serán convenios firmados con testigos (tal vez habría que pensar en incorporar al Colegio de Notarios); posteriormente, para admitir a cualquier interlocutor en la mesa, éste deberá acreditar, mediante un certificado expedido por una empresa seria, que es un sujeto poligráficamente sano; eso sí, los asuntos más delicados (los términos del papel que haya que firmar) deberán procesarse con un polígrafo in situ (no vaya a ser que los políticos mientan in situ). La industria de la poligrafía florecerá. Imaginemos en cuántas oficinas públicas habrán de ser instalados. En fin, tal parece que estamos ante la propuesta del polígrafo como el instrumento idóneo para alcanzar el paraíso de la sinceridad y la confianza. Sin embargo, mucho me temo que la política es un poco más compleja, y esta pretensión de desnaturalizarla a tal extremo, no hace sino acreditar un deterioro en la convivencia de los actores políticos que debiera preocuparnos. Las desavenencias son comunes entre partidos que representan proyectos distintos, pero si existe respeto entre todos, estas diferencias se pueden procesar sin mayor sobresalto. Cuando el crédito a la palabra se pierde, se pierde casi todo. En la política, como en la vida, la credibilidad tiene que ver con la capacidad de honrar la palabra empeñada. La política no es, insisto, un ámbito de la seguridad nacional, sino una actividad que procura (o al menos debiera) la generación de bienes públicos. La confianza no se gana, sólo se pierde. Ojalá que pronto aparezcan los espacios para reconstruir canales de comunicación política que, prescindiendo del polígrafo, otorguen la confianza suficiente para procesar, ya no convenios privados, sino algunas de las reformas que hacen falta, algunos de los bienes públicos que empezamos a extrañar. En fin, ojalá que con hechos se pueda borrar el penoso pasaje del polígrafo; que se vuelva a creer que lo que se tiene enfrente es un adversario, no un mentiroso. Al tiempo.

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